La disciplina del silencio

“La labor del docente, creo yo, es principalmente la de escuchar, más que la de hablar.”

Por: Emilia Kiehnle

Se ha hablado mucho de los beneficios físicos y espirituales del silencio. Darnos espacios de silencio nos ayuda a descansar la mente y el cuerpo, a centrarnos en nosotros mismos, a cultivar la calma y a reflexionar. Sin embargo, en esta ocasión quiero hacer énfasis en la importancia del silencio como una disciplina para el cultivo de las relaciones sociales, particularmente para la relación del profesor y el alumno. 

Ayer tuve la oportunidad de participar en un coloquio de filosofía con mis colegas docentes de la universidad, en donde uno de los temas que se tocó fue el de buscar una filosofía educativa que apueste por la persona. Educar es mucho más que simplemente transmitir conocimientos o instruir en determinadas habilidades: se trata de guiar, de ayudar a la persona a…

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Urgente: se buscan emprendedores culturales

“Hoy las artes y los negocios están divorciados. En gran medida, el divorcio es culpa de un mito estúpido que ambos mundos se empeñan en alimentar.”

 Por Juan José Díaz

En una entrevista que le hicieron a la filósofa norteamericana Martha Nussbaum, con motivo de su libro Not For Profit: Why Democracy Needs the Humanities, leí esta aseveración: “The arts (…) are extremely valuable for the development of sympathy and imagination. (…) They also promote a sense of discipline and accountability to others” (“Las artes (…) son extremadamente valiosas para el desarrollo de la simpatía y la imaginación. (…) También promueven un sentido de disciplina y responsabilidad hacia los demás”).

En un país —en un mundo— tan hambriento de humanidad y de justicia, ¿no es verdad que necesitamos con urgencia que la gente desarrolle su simpatía y su imaginación, no para volar sin destino aparente, sino…

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Ante la crisis eclesial

Reproduzco íntegramente el manifiesto “Ante la crisis eclesial” firmado por poco más de 300 teólogos y pensadores católicos el pasado año 2009, donde éstos se solidarizan con el entonces Papa Benedicto XVI ante la serie de complicaciones y problemáticas que salen a flote debido al nefasto manejo de la jerarquía católica. Ya han sido 8 años desde entonces, la Iglesia de América Latina sigue esperando suceda tal renovación…

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Somos conscientes de que este escrito es un procedimiento extraordinario, pero nos parece que también es extraordinaria la causa que lo motiva: la pérdida de credibilidad de la institución católica que, en buena parte, es justificada y que los medios de comunicación han convertido ya en oficial, está alcanzando cotas preocupantes. Este descrédito puede servir de excusa a muchos que no quieren creer, pero es también causa de dolor y desconcierto para muchos creyentes. A ellos nos dirigimos principalmente.

1- La Iglesia fue definida desde antiguo como santa y pecadora, “casta prostituta”. Crisis graves no han faltado nunca en su historia, y la actual puede dolernos pero no sorprendernos. Toda crisis es siempre una oportunidad de crecimiento, si sabemos en estos momentos “no avergonzarnos del Evangelio” y amar a nuestra madre. Sabiendo que el amor a una madre enferma no consiste en negar o disimular su enfermedad sino en sufrir con ella y por ella. Si deseamos una Iglesia mejor no es para militar en el club de los mejores, sino porque el evangelio de Dios en Jesucristo se la merece.

2 No hay aquí espacio para largos análisis, pero parece claro que la causa principal de la crisis es la infidelidad al Vaticano II y el miedo ante las reformas que exigía a la Iglesia. Ya durante el Concilio se hicieron durísimas críticas a la curia romana. Más tarde Pablo VI intentó poner en marcha una reforma de esa curia, que ésta misma bloqueó. Es muy fácil después convertir a un papa concreto en cabeza de turco de los fallos de la Curia.
Por eso preferimos expresar desde aquí nuestra solidaridad con Benedicto XVI, a nivel personal y a pesar de las diferencias que puedan existir a niveles ideológicos: porque sabemos que los papas no son más que pobres hombres como todos nosotros, que no deben ser divinizados. Y que si algún error grave se cometió en todos los pontificados anteriores fue precisamente el dejar bloqueada esa urgente reforma del entorno papal.

3 Una de las consecuencias de ese bloqueo es el injusto poder de la curia romana sobre el colegio episcopal, que deriva en una serie de nombramientos de obispos al margen de las iglesias locales, y que busca no los pastores que cada iglesia necesita, sino peones fieles que defiendan los intereses del poder central y no los del pueblo de Dios.
Ello tiene dos consecuencias cada vez más perceptibles: una es la doble actitud de mano tendida hacia posturas lindantes con la extrema derecha autoritaria (aunque sean infieles al evangelio e incluso ateas), y de golpes inmisericordes contra todas las posturas afines a la libertad evangélica, a la fraternidad cristiana y a la igualdad entre todos los hijos e hijas de Dios, tan clamorosamente negada hoy.
Otra consecuencia es la incapacidad para escuchar, que hace que la institución esté cometiendo ridículos mayores que los del caso Galileo (pues éste, aunque tenía razón en su intuición sobre el movimiento de los astros, no la tenía en sus argumentos; mientras que hoy la ciencia parece suministrar datos que la Curia prefiere desconocer: por ejemplo en problemas referentes al inicio y al fin de la vida). La proclamada síntesis entre fe y razón se ve así puesta en entredicho.

4 Pero más allá de los diagnósticos, quisiéramos ayudar a actitudes de fe animosa y paciente para estas horas negras del catolicismo romano. Dios es más grande que la institución eclesial, y la alegría que brota del Evangelio capacita hasta para cargar con esos pesos muertos. No vamos a romper con la Iglesia, ni aunque hayamos de soportar las iras de parte de su jerarquía. Pero tememos la lección que nos dejó la historia: las dos veces en que el clamor por una reforma de la Iglesia fue universal y desoído por Roma, están relacionadas con las dos grandes rupturas del cristianismo: la de Focio y la de Lutero.
Ello no significa que la ruptura fuese legítima: sólo queremos decir que no pueden tensarse las cuerdas demasiado. Tampoco vamos a romper, porque la Iglesia a la que amamos es mucho más que la curia romana: sabemos bien que apenas hay infiernos en esta tierra donde no destaque la presencia callada de misioneros, o de cristianos que dan al mundo el verdadero rostro de la Iglesia.

5 Durante gran parte de su historia, la Iglesia fue una plataforma de palabra libre. Hoy nadie creerá que un santo tan amable como Antonio de Padua pudiera predicar públicamente que mientras Cristo había dicho “apacienta mis ovejas”, los obispos de su época se dedicaban a ordeñarlas o trasquilarlas. Ni que el místico san Bernardo escribiera al papa que no parecía sucesor de Pedro sino de Constantino, para seguir peguntando: “¿hacían eso san Pedro o San Pablo? Pero ya ves cómo se pone a hervir el celo de los eclesiásticos para defender su dignidad”.

Y terminar diciendo: “se indignan contra mí y me mandan cerrar la boca diciendo que un monje no tiene por qué juzgar a los obispos. Más preferiría cerrar los ojos para no ver lo que veo”… Precisamente comentando este tipo de palabras, escribía en 1962 el papa actual (en un artículo titulado “libertad de espíritu y obediencia”): “¿es señal de que han mejorado los tiempos si los teólogos de hoy no se atreven a hablar de esa forma? ¿O es una señal de que ha disminuido el amor, que se ha vuelto apático y ya no se atreve a correr el riesgo del dolor por la amada y para ella?”.
Así quisiéramos hablar: no nos sentimos superiores, pues conocemos bien, en nosotros mismos, cuál es la hondura del pecado humano.
La Escritura, hablando de los grandes profetas, enseña que su destino no es el protagonismo sino la incomprensión; y ante eso nos obligan las palabras del apóstol Pablo: “si nos ultrajan bendeciremos, si nos persiguen aguantaremos, si nos difaman rogaremos”. Pero nos sentimos llamados a gritar porque también hay allí una imprecación impresionante que tememos tenga aplicación a nuestro momento actual: “¡por vuestra causa es blasfemado el nombre de Dios entre las gentes!”.
“Fijos los ojos en Jesús, autor y consumador de la fe” sabemos que podemos superar estos momentos duros sin perder la paciencia ni el buen humor ni el amor hacia todos, incluidos aquellos cuyo gobierno pastoral nos sentimos obligados a criticar. Este es el testimonio que quisiéramos dar con estas líneas.

Firma: Juan Antonio Estrada, Imanol Zubero, Juan José Tamayo, Evaristo Villar, Benjamín Forcano, Matilde García-Aguiló, José Ignacio González Faus, Juan Masiá,  Hilari Raquer, Antonio Duato, et al.

Jesús fue un laico

Texto escrito por Rufino Velasco y publicado originalmente (según creo) por teologos.info el 9 de marzo de 2015

Parece claro que los sumos sacerdotes lo condenaron a muerte, porque se había metido a saco con lo que pasaba en el templo de Jerusalén, y no estaba dispuesto a admitir que se hubiera convertido en cueva de bandidos; «volcando las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas» (Mt 21, 12-13), al fin cogió un látigo y, sin más miramientos, los echó a todos fuera del templo.
Habría que recordar aquí la parábola del buen samaritano, que Jesús emplea para explicar a un jurista quién es su «prójimo»: sucedió que bajaba un hombre por aquel camino que iba de Jerusalén a Jericó, y en aquel momento unos bandidos arremetieron contra él y le dejaron allí medio muerto. Por allí pasaba un “sacerdote” que, “al verlo, dio un rodeo y pasó de largo”. Y lo mismo pasó con un “levita” que, al acercarse por aquel mismo lugar, “dio un rodeo y pasó de largo” (Lc 10, 30-32).
Se da por supuesto en esta parábola que ya se sabe para qué están los sacerdotes y levitas del templo: para el gran negocio de atender al servicio del altar, y que eso les dispensa de las demás preocupaciones, entre ellas hacerse el desentendido ante un problema tan grave como aquel hombre al que los bandidos habian dejado maltrecho y casi muerto en el camino.
Ante él surge un samaritano, un hereje para los judíos, que hace con ese hombre todo lo que había que hacer para semejante caso: «le dio lástima; se acercó a él y le vendó las heridas, echándoles aceite y vino; luego le montó en su propia cabalgadura, le llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: cuida de él, y lo que gastes de más te lo pagaré a la vuelta»(Lc 10, 30-35).
Es decir, hizo por él lo que Jesús, que no se porta como el sacerdote y el levita del templo, hubiera hecho por aquel hombre, e hizo por los más necesitados de su pueblo. Lo que no hacen los sacerdotes del templo es exactamente lo que hace el laico Jesús por aquella persona.
Jesús fue permanentemente un Laico
Pero aquí las cosas comienzan a estar claras cuando a alguien se le ocurre escribir eso que en el Nuevo Testamento se llama la Carta a los Hebreos. Una carta donde se dice, sin más, que Jesús es sacerdote. Se dice rotundamente, y además se dice con una tal novedad que no entronca para nada con el sacerdocio del pueblo de Israel. Con toda intención se contrapone el sacerdocio de Melquisedec al sacerdocio de Aarón, para concluir que Jesús es sacerdote «en la línea de Melquisedec, no en la línea de Aarón» (Hb 7, 11).
Era un tiempo en que vivía un personaje llamado Melquisedec, en tiempos de Abrahán, cuando no existía para nada el pueblo de Israel, y Melquisedec quer1a decir «rey de justicia», «rey de paz», cuando era a la vez «sacerdote del Altísimo», y de este hombre se dice en la carta a los Hebreos que Jesús era «sacerdote en la línea de Melquisedec».
¿Por qué dice esto el autor de este escrito? Porque, según él, en Jesús se da radicalmente un «cambio del sacerdocio», pasa a ser otra cosa muy distinta del sacerdocio de Israel. Es cosa bien sabida que «Jesús nació de Judá, y de esta tribu nunca habló Moisés tratando del sacerdocio»(Hb 7, 13-14), no pertenecía a la tribu de Levi, que era la tribu del «sacerdocio levítico».
Así pues, Jesús era de la tribu de Judá y, como tal, nunca perdió la categoría de «laico» que presentó durante toda su vida, por más que en esta carta del Nuevo Testamento se cargue sobre él la categoría de «sacerdocio». Por más que en esta carta se trate de decir que Jesús es «sacerdote», y aun «sumo sacerdote», o «gran sacerdote», no habrá que perder de vista jamás este cambio radical que se ha realizado en Jesús, por lo cual él permanece siendo un laico para poder así ejercer un nuevo tipo de sacerdocio.
Es de gran interés para esta carta precisar bien esta gran novedad del sacerdocio de Jesús, por lo cual se contradistingue bien de todo otro tipo de sacerdocio: Jesús fue sacerdote «según la fuerza de una vida indestructible» (Hb 7, 16).
Lo cual nos remite directamente a la vida histórica de Jesús: Jesús hizo de su vida una tal «ofrenda de si mismo», una entrega tan radical por la liberación de su pueblo, que terminó en la cruz. Pero la muerte de Jesús no fue su destrucción, sino al revés: la que consumó su vida como una realidad indestructible, la que le convirtió en «el hombre consumado para siempre» (7, 27-28).
Es evidente que llamar a esto «sacerdocio» obliga a salirse de las categorías habituales, y acercarse a él como a una realidad absolutamente nueva. Es lo que se hace en este escrito del Nuevo Testamento: lo mismo que el «sumo sacerdote» del templo lleva la sangre de los cadáveres de los animales para el rito de la expiación, pero luego esos cadáveres «se queman fuera del campamento», pues de la misma manera Jesús, para consagrar al pueblo con su propia sangre, «murió fuera de las murallas» (13, 10-12). Jesús fue expulsado fuera de la ciudad por los sacerdotes del templo, y allí, en contradicción con todo lo que se hace en el templo de Jerusalén, Jesús aparece como un laico por más que se le represente convertido en sacerdote: «nosotros tenemos un altar (el altar de la cruz) del que no tienen derecho a comer los que dan culto en el tabernáculo» (13, 10).
Rasgos fundamentales del mensaje de Jesús como Laico
Jesús permanece siempre laico. Todo lo que hizo en su vida histórica fue claramente laica, determinado por su condición de ser de la tribu de Judá, no de la tribu de Levi. Jesús aparece tan claramente como un laico, tan distante de toda realidad sacerdotal, que lo que siempre habrá que tener en cuenta es que en él se ha realizado un «cambio del sacerdocio» por lo que no se parece en nada al sacerdocio del pueblo de Israel. La cuestión de Jesús se va siempre por unos derroteros que contradicen su condición de sacerdote: se va, por ejemplo, por los pobres, que fue siempre lo que fascinó a Jesús. Así continúa puntualmente su función como laico.
a) Los privilegiados de Dios son los pobres: Hasta tal punto se distancia Jesús del sacerdocio del templo que esto le obliga a preocuparse de algo que ha sido desde el principio muy querido por él: los pobres de su pueblo.
Pero esto nos fuerza a poner en primer plano las «Bienaventuranzas» de Jesús, que fue lo primero de que se preocupó Jesús al poco tiempo de haber comenzado su misión en Cafarnaún. «Dichosos vosotros los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios»: esta es la primera bienaventuranza que proclama Jesús. Los pobres, que eran la gran mayoría del pueblo de Israel, pasan a ser los preferidos de Jesús, porque eran también los preferidos de Dios, cuyo Reino comienza a proclamar Jesús como la gran alternativa entre ricos y pobres en que va a centrar su misión.
Jesús sabía muy bien cuán deteriorada y falsificada estaba la imagen de Dios en su mundo, y más directamente en los dirigentes religiosos de su pueblo. En tales circunstancias, no basta con que los dirigentes digan que representan a Dios, ni de actuar en su nombre. En la primera bienaventuranza aparece con toda claridad que Dios está en otra parte que donde solemos colocarle los hombres para manipularlo en favor nuestro. Más exactamente: Dios está en la parte contraria de donde le han colocado los poderosos de su tiempo, lo mismo los dirigentes religiosos judíos como el poder imperial romano en Palestina. Esa parte contraria es el ámbito de los pobres, de los sometidos y marginados, dentro del pueblo de Israel.
No es nada fácil captar la carga subversiva de este mensaje de Jesús: los que hasta entonces no habían contado para nada en la construcción de aquella sociedad, porque en realidad no servían para nada, son los que cuentan para Dios a la hora de construir su Reino. No era de la parte «religiosa» de su pueblo, ni siquiera del templo de Jerusalén, de donde cabría esperar las promesas de Dios para su pueblo, sino de las manos de un laico como Jesús.
Pero no hay que olvidarse de las malaventuranzas que Jesús dedica a los prepotentes de su pueblo: “¡Ay de vosotros los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo!» (Lc 6, 20-24). En otra ocasión, cuando Jesús se encuentra con un joven rico, que renuncia a seguirle porque “tenía muchas posesiones”, aprovecha para decirles a sus discípulos: “¡Con qué dificultad van a entrar en el Reino de Dios los que tienen el dinero!…Más fácil es que pase un camello por el ojo de una aguja que no que entre un rico en el Reino de Dios” (Me 10, 22-25).
No podría decirlo Jesús más claro: emplea un símil, que pronto se convertirá en proverbio, para explicar lo difícil que es que un rico entre en el Reino de Dios. Y esto nos obliga a considerar quiénes son los ricos dentro de su pueblo: los poderosos y los opulentos, que son los que tienen el dinero en el pueblo de Israel. Estos son, sin duda, los sacerdotes del templo, que lo han convertido en un «mercado» (Jn 2, 16) Y en la irrisión de la gente. Nadie podía lanzar en nombre de Dios la corrupción del templo sino un laico como Jesús, que había puesto en vigencia, contra los ricos, los preferidos de Dios que son los pobres, de manera que la Buena Noticia que es el Evangelio pertenece únicamente a los pobres.
b) El buen samaritano: Jesús presenta siempre como un «prójimo» a toda la inmensa mayoría de los pobres que forman parte de todo el pueblo de Israel. Ese “prójimo» que, para el sacerdote y el levita «dan un rodeo y pasan de largo», sucede que a Jesús «le dio lástima», es decir, «le conmovieron las  entrañas» al ver lo que acababa de ver.
En otra ocasión, cuando da de comer a cinco mil hombres, y ocasionó un entusiasmo popular en torno a él, «le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor» (Mc 6, 34). ¿Qué es lo que ocurrió a Jesús? Pues le ocurrió que «se le conmovieron las entrañas» al ver a tanta gente a quien los dirigentes del pueblo habían abandonado a su suerte. Un laico como Jesús, que se compadece de los pobres, es capaz de responder como nadie a la inmensa muchedumbre de los pobres que los sacerdotes del templo habían dejado abandonados como ovejas sin pastor. El laico Jesús sabe que «mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y les doy vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano» (Jn 10, 27-28).
c) El «pueblo sacerdotal»: Jesús fue el «arrojado fuera de la ciudad» por los sacerdotes de su pueblo. Sólo desde él nosotros los cristianos somos un «pueblo sacerdotal» que estamos llamados a salir donde él fue arrojado: «Salgamos, pues, donde él fuera del campamento, cargando con su oprobio, pues no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la futura». Y se nos recuerda lo que deberíamos tener siempre presente: «No os olvidéis de hacer el bien, ni de la puesta en común de los bienes: esos son los sacrificios que agradan a Dios» (Hb 13, 13-16).
d) El final de la historia: Jesús fue definitivamente un laico. Sólo al final de la historia, todos los hombres serán llamados a aparecer delante de él: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui extranjero y me recogisteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, estuve en la cárcel y fuisteis a verme». ¿Cuándo pasó todo esto? «Cada vez que lo hicisteis con un hermano mío de esos más humildes, lo hicisteis conmigo» (Mt 25, 35-40). «El criterio determinante del juicio de Dios sobre la historia no va a ser un criterio religioso, sino estrictamente laico»,dice un conocido teólogo Latinoamericano.

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“La purificación del templo o la expulsión de los mercaderes”, 1568, El Greco. Galería Nacional de Arte, Washington D.C.

El infierno está lleno de buenas intenciones

Hablemos del infierno. Esta palabra está cargada de múltiples significaciones, principalmente referentes al ámbito religioso. Tal vez, con el título de esta entrada se piense que estas líneas serán de corte moral-religioso, donde se expondrá el asunto de vivir “santamente” para evitar la condenación eterna. Pero no es así. Sugiero que hablemos del infierno de la manera más próxima posible a nosotros, es decir, no como un espacio de una dimensión que no conocemos (ni nos consta) que nos aguarda si en esta vida “terrenal” no nos comportamos conforme a los mandamientos de Dios, imagen que está ya muy choteada. Mejor hablemos de tal desde la experiencia, desde la certeza, desde la vivencia diaria. Así, propongo que definamos al infierno como aquel estado de quemante frustración que resulta del desarrollo de una existencia nada plenificante. La vida cotidiana es infernal en tanto que nuestra forma de ejercerla no nos satisface, no nos llena.

Ahora bien, ¿cómo es que una persona llega al infierno? ¿Cuál es la vía para terminar en una situación tan desagradable? La respuesta inmediata que me atrevo a expresar es que la responsabilidad recae en la propia persona y sus decisiones cotidianas. Antes de continuar, creo que debo hacer una aclaración: es cierto que muchas personas se encuentran en una situación frustrante debido a elementos externos, pensemos, por ejemplo, en los niños sirios que padecen a causa de la inmunda guerra del entorno, estos casos no los consideraré como la norma, sino como la excepción, y en otro momento los reflexionaré; por lo mientras quedémonos con la idea de que comúnmente las personas tienen en su haber el poder extraordinario de llevar las riendas de su existencia, por lo que una vida frustrada, en gran medida, sino es que totalmente (salvo los casos de excepción) es culpa del sujeto que vive esa vida.

Una persona se frustra ante la impotencia de no obtener lo que desea, algo que vemos desde los primeros pasos de la vida puesto que cuando el bebé no tiene su leche llora. Pero la cuestión fundamental no está en señalar la no obtención de lo buscado, sino en concentrarnos en aquéllo que se ha hecho por alcanzarlo. Puedo afirmar con respaldo experiencial, que la frustración no surge de nuestra no obtención de lo deseado, sino de nuestra mediocridad en el ejercicio por conseguirlo. La consecuencia más letal de la mediocridad es la vida infernal, el sufrimiento que surge de quedarse pasmado sin hacer algo, sin intentar, sin esforzarse, por cambiar el entorno con el fin de lograr las pequeñas y grandes aspiraciones.

Hablemos claro, la palabra mediocridad es algo que no nos gusta escuchar, mucho menos cuando nos adjetiva a nosotros, a tal grado que alguno que otro llegamos a indignarnos. Pero, pensemos bien las cosas, analicemos los hechos, profundicemos en nuestra experiencia cotidiana: ¿cuántas cosas que me hubiera o quisiera cambiar siguen igual simple y sencillamente porque me he conformado con lo que ya tengo o porque cobardemente me rehúso a correr riesgos? Si en nuestras manos está cambiar -sí, con mucho esfuerzo- lo que me frustra de mi entorno, ¿por qué quedarse con esa acidez existencial? Sólo hay una respuesta: ¡por mediocre! Y, estoy seguro que todavía habrá alguno que otro que intentará justificar tal situación, “es que así soy feliz”, “a mí me gustar estar así”, etc., claro que habrá momentos de felicidad, pero ¿es inteligente preferir estos instantes fugaces de felicidad por una vida plena? Si la vida es tan corta que “en un suspiro se va”, ¿por qué fregados no esforzarnos por aprovechar al máximo sus momentos?

El infierno está lleno de buenas intenciones -decía mi querido san Juan XXIII- porque las buenas intenciones no cambian la realidad, el cielo se construye, se alcanza, solamente con buenas acciones, con decisiones que nos llevan al movimiento, a la transformación de nuestro entorno cotidiano. La vida es tan corta como para la mediocridad y la cobardía, tan corta como para derrocharla en el infierno. Te invito a que te detengas un momento de ese vaivén cotidiano y te preguntes ¿dónde estás? ¿Qué cosas te gustaría cambiar? ¿Qué vas a hacer para lograrlo? Porque, de verdad, el infierno está lleno de buenas intenciones…

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Sandro Boticelli. “Infierno, canto XVIII”. 1480-1490

Ideas del Papa Francisco en el cierre del año de la misericordia

El texto es prácticamente toda la homilía del Papa en la misa de clausura de este año de la misericordia (20 de noviembre de 2016), pero acomodada en puntos para una mejor atención. Espero sea de utilidad para quien los lea, tanto como han sido para mí.

1. Verdaderamente el reino de Jesús no es de este mundo (cf. Jn 18,36); pero justamente es aquí —nos dice el Apóstol Pablo en la segunda lectura—, donde encontramos la redención y el perdón (cf. Col 1,13-14). Porque la grandeza de su reino no es el poder según el mundo, sino el amor de Dios, un amor capaz de alcanzar y restaurar todas las cosas.

2. Por este amor, Cristo se abajó hasta nosotros, vivió nuestra miseria humana, probó nuestra condición más ínfima: la injusticia, la traición, el abandono; experimentó la muerte, el sepulcro, los infiernos. De esta forma nuestro Rey fue incluso hasta los confines del Universo para abrazar y salvar a todo viviente.

3. No nos ha condenado, ni siquiera conquistado, nunca ha violado nuestra libertad, sino que se ha abierto paso por medio del amor humilde que todo excusa, todo espera, todo soporta (cf. 1 Co 13,7). Sólo este amor ha vencido y sigue venciendo a nuestros grandes adversarios: el pecado, la muerte y el miedo.

4. Compartimos con alegría la belleza de tener a Jesús como nuestro rey; su señorío de amor transforma el pecado en gracia, la muerte en resurrección, el miedo en confianza.

5. […] sería poco creer que Jesús es Rey del universo y centro de la historia, sin que se convierta en el Señor de nuestra vida: todo es vano si no lo acogemos personalmente y si no lo acogemos incluso en su modo de reinar.

6. Frente a las circunstancias de la vida o ante nuestras expectativas no cumplidas, también podemos tener la tentación de tomar distancia de la realeza de Jesús, de no aceptar totalmente el escándalo de su amor humilde, que inquieta nuestro «yo», que incomoda. Se prefiere permanecer en la ventana, estar a distancia, más bien que acercarse y hacerse próximo. Pero el pueblo santo, que tiene a Jesús como Rey, está llamado a seguir su camino de amor concreto; a preguntarse cada uno todos los días: «¿Qué me pide el amor? ¿A dónde me conduce? ¿Qué respuesta doy a Jesús con mi vida?».

7. Para acoger la realeza de Jesús, estamos llamados a luchar contra esta tentación [poder y éxito], a fijar la mirada en el Crucificado, para ser cada vez más fieles. Cuántas veces en cambio, incluso entre nosotros, se buscan las seguridades gratificantes que ofrece el mundo. Cuántas veces hemos sido tentados a bajar de la cruz. La fuerza de atracción del poder y del éxito se presenta como un camino fácil y rápido para difundir el Evangelio, olvidando rápidamente el reino de Dios como obra.

8. Este Año de la misericordia nos ha invitado a redescubrir el centro, a volver a lo esencial.

9. Este tiempo de misericordia nos llama a mirar al verdadero rostro de nuestro Rey, el que resplandece en la Pascua, y a redescubrir el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es acogedora, libre, fiel, pobre en los medios y rica en el amor, misionera.

10. La misericordia, al llevarnos al corazón del Evangelio, nos exhorta también a que renunciemos a los hábitos y costumbres que pueden obstaculizar el servicio al reino de Dios; a que nos dirijamos sólo a la perenne y humilde realeza de Jesús, no adecuándonos a las realezas precarias y poderes cambiantes de cada época.

11. Dios, a penas le damos la oportunidad, se acuerda de nosotros. Él está dispuesto a borrar por completo y para siempre el pecado, porque su memoria, no como la nuestra, olvida el mal realizado y no lleva cuenta de las ofensas sufridas. Dios no tiene memoria del pecado, sino de nosotros, de cada uno de nosotros, sus hijos amados. Y cree que es siempre posible volver a comenzar, levantarse de nuevo.

12. Pidamos también nosotros el don de esta memoria abierta y viva. Pidamos la gracia de no cerrar nunca la puerta de la reconciliación y del perdón, sino de saber ir más allá del mal y de las divergencias, abriendo cualquier posible vía de esperanza.

13. Como Dios cree en nosotros, infinitamente más allá de nuestros méritos, también nosotros estamos llamados a infundir esperanza y a dar oportunidad a los demás.

 

La Matrix y la sociedad del espectáculo

Por: Rafael Santamaría Ortega Rafael vive en en Bogotá, Colombia. Es estudiante de filosofía de cuarto año en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. En este artículo, Rafael Santamaría nos dice que Internet y las redes sociales se han unido para crear una Matrix que le ha permitido a la sociedad de mercado asegurar su […]

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