El infierno está lleno de buenas intenciones

Hablemos del infierno. Esta palabra está cargada de múltiples significaciones, principalmente referentes al ámbito religioso. Tal vez, con el título de esta entrada se piense que estas líneas serán de corte moral-religioso, donde se expondrá el asunto de vivir “santamente” para evitar la condenación eterna. Pero no es así. Sugiero que hablemos del infierno de la manera más próxima posible a nosotros, es decir, no como un espacio de una dimensión que no conocemos (ni nos consta) que nos aguarda si en esta vida “terrenal” no nos comportamos conforme a los mandamientos de Dios, imagen que está ya muy choteada. Mejor hablemos de tal desde la experiencia, desde la certeza, desde la vivencia diaria. Así, propongo que definamos al infierno como aquel estado de quemante frustración que resulta del desarrollo de una existencia nada plenificante. La vida cotidiana es infernal en tanto que nuestra forma de ejercerla no nos satisface, no nos llena.

Ahora bien, ¿cómo es que una persona llega al infierno? ¿Cuál es la vía para terminar en una situación tan desagradable? La respuesta inmediata que me atrevo a expresar es que la responsabilidad recae en la propia persona y sus decisiones cotidianas. Antes de continuar, creo que debo hacer una aclaración: es cierto que muchas personas se encuentran en una situación frustrante debido a elementos externos, pensemos, por ejemplo, en los niños sirios que padecen a causa de la inmunda guerra del entorno, estos casos no los consideraré como la norma, sino como la excepción, y en otro momento los reflexionaré; por lo mientras quedémonos con la idea de que comúnmente las personas tienen en su haber el poder extraordinario de llevar las riendas de su existencia, por lo que una vida frustrada, en gran medida, sino es que totalmente (salvo los casos de excepción) es culpa del sujeto que vive esa vida.

Una persona se frustra ante la impotencia de no obtener lo que desea, algo que vemos desde los primeros pasos de la vida puesto que cuando el bebé no tiene su leche llora. Pero la cuestión fundamental no está en señalar la no obtención de lo buscado, sino en concentrarnos en aquéllo que se ha hecho por alcanzarlo. Puedo afirmar con respaldo experiencial, que la frustración no surge de nuestra no obtención de lo deseado, sino de nuestra mediocridad en el ejercicio por conseguirlo. La consecuencia más letal de la mediocridad es la vida infernal, el sufrimiento que surge de quedarse pasmado sin hacer algo, sin intentar, sin esforzarse, por cambiar el entorno con el fin de lograr las pequeñas y grandes aspiraciones.

Hablemos claro, la palabra mediocridad es algo que no nos gusta escuchar, mucho menos cuando nos adjetiva a nosotros, a tal grado que alguno que otro llegamos a indignarnos. Pero, pensemos bien las cosas, analicemos los hechos, profundicemos en nuestra experiencia cotidiana: ¿cuántas cosas que me hubiera o quisiera cambiar siguen igual simple y sencillamente porque me he conformado con lo que ya tengo o porque cobardemente me rehúso a correr riesgos? Si en nuestras manos está cambiar -sí, con mucho esfuerzo- lo que me frustra de mi entorno, ¿por qué quedarse con esa acidez existencial? Sólo hay una respuesta: ¡por mediocre! Y, estoy seguro que todavía habrá alguno que otro que intentará justificar tal situación, “es que así soy feliz”, “a mí me gustar estar así”, etc., claro que habrá momentos de felicidad, pero ¿es inteligente preferir estos instantes fugaces de felicidad por una vida plena? Si la vida es tan corta que “en un suspiro se va”, ¿por qué fregados no esforzarnos por aprovechar al máximo sus momentos?

El infierno está lleno de buenas intenciones -decía mi querido san Juan XXIII- porque las buenas intenciones no cambian la realidad, el cielo se construye, se alcanza, solamente con buenas acciones, con decisiones que nos llevan al movimiento, a la transformación de nuestro entorno cotidiano. La vida es tan corta como para la mediocridad y la cobardía, tan corta como para derrocharla en el infierno. Te invito a que te detengas un momento de ese vaivén cotidiano y te preguntes ¿dónde estás? ¿Qué cosas te gustaría cambiar? ¿Qué vas a hacer para lograrlo? Porque, de verdad, el infierno está lleno de buenas intenciones…

boticelli
Sandro Boticelli. “Infierno, canto XVIII”. 1480-1490

La enajenación del tiempo inexistente

Llega un momento de la vida en que uno reflexiona sobre la finitud de la existencia. Si bien, con fe uno puede afirmar una especie de extensión de la misma, racionalmente, por el momento (el biocentrismo postulado por Lanza es un ejemplo del esfuerzo racional que desea señalar tal continuidad), no podemos hacerlo. La muerte es lo único seguro de nuestro futuro.

Comúnmente, un error que llegamos a cometer en la vida cotidiana es la evasión del presente debido a una enajenación o con el futuro o con el pasado, una terrible y atroz falta que pagamos con lo más preciado que tenemos: la existencia. ¿Cuántas veces pasamos pensando que en el mañana las cosas serán mejor, que nos espera algo grande, que tendremos lo que deseamos, pero sin cuidar el hoy? ¿Nos damos cuenta que al vivir así estamos dejando pasar la única oportunidad real que tenemos que es el presente? O bien, ¿de qué sirve pasar la vida pensando en el hubiera si éste es tan inexistente como el futuro? ¿Nos damos cuenta de la esclavitud frustrante que impide nuestra plenitud en el presente?

¡Estúpida e infernal es la existencia enajenada con el tiempo inexistente! El presente es lo único que merece con detalle nuestra dedicación si queremos afrontar con entereza el futuro donde la muerte con seguridad se hará presente, y mejorar el pasado, ese presente no explotado al máximo de su capacidad.