La disciplina del silencio

“La labor del docente, creo yo, es principalmente la de escuchar, más que la de hablar.”

Por: Emilia Kiehnle

Se ha hablado mucho de los beneficios físicos y espirituales del silencio. Darnos espacios de silencio nos ayuda a descansar la mente y el cuerpo, a centrarnos en nosotros mismos, a cultivar la calma y a reflexionar. Sin embargo, en esta ocasión quiero hacer énfasis en la importancia del silencio como una disciplina para el cultivo de las relaciones sociales, particularmente para la relación del profesor y el alumno. 

Ayer tuve la oportunidad de participar en un coloquio de filosofía con mis colegas docentes de la universidad, en donde uno de los temas que se tocó fue el de buscar una filosofía educativa que apueste por la persona. Educar es mucho más que simplemente transmitir conocimientos o instruir en determinadas habilidades: se trata de guiar, de ayudar a la persona a…

Ver la entrada original 486 palabras más

Urgente: se buscan emprendedores culturales

“Hoy las artes y los negocios están divorciados. En gran medida, el divorcio es culpa de un mito estúpido que ambos mundos se empeñan en alimentar.”

 Por Juan José Díaz

En una entrevista que le hicieron a la filósofa norteamericana Martha Nussbaum, con motivo de su libro Not For Profit: Why Democracy Needs the Humanities, leí esta aseveración: “The arts (…) are extremely valuable for the development of sympathy and imagination. (…) They also promote a sense of discipline and accountability to others” (“Las artes (…) son extremadamente valiosas para el desarrollo de la simpatía y la imaginación. (…) También promueven un sentido de disciplina y responsabilidad hacia los demás”).

En un país —en un mundo— tan hambriento de humanidad y de justicia, ¿no es verdad que necesitamos con urgencia que la gente desarrolle su simpatía y su imaginación, no para volar sin destino aparente, sino…

Ver la entrada original 759 palabras más

La enajenación del tiempo inexistente

Llega un momento de la vida en que uno reflexiona sobre la finitud de la existencia. Si bien, con fe uno puede afirmar una especie de extensión de la misma, racionalmente, por el momento (el biocentrismo postulado por Lanza es un ejemplo del esfuerzo racional que desea señalar tal continuidad), no podemos hacerlo. La muerte es lo único seguro de nuestro futuro.

Comúnmente, un error que llegamos a cometer en la vida cotidiana es la evasión del presente debido a una enajenación o con el futuro o con el pasado, una terrible y atroz falta que pagamos con lo más preciado que tenemos: la existencia. ¿Cuántas veces pasamos pensando que en el mañana las cosas serán mejor, que nos espera algo grande, que tendremos lo que deseamos, pero sin cuidar el hoy? ¿Nos damos cuenta que al vivir así estamos dejando pasar la única oportunidad real que tenemos que es el presente? O bien, ¿de qué sirve pasar la vida pensando en el hubiera si éste es tan inexistente como el futuro? ¿Nos damos cuenta de la esclavitud frustrante que impide nuestra plenitud en el presente?

¡Estúpida e infernal es la existencia enajenada con el tiempo inexistente! El presente es lo único que merece con detalle nuestra dedicación si queremos afrontar con entereza el futuro donde la muerte con seguridad se hará presente, y mejorar el pasado, ese presente no explotado al máximo de su capacidad.

La sociedad del mañana: esperanza o frustración

El siguiente texto es la continuación de un diálogo que hace tiempo emprendimos Rogelio Rivera Melo (Heroísmo Agonizante) y yo a través de nuestros blogs. Vamos a retomarlo conversando sobre la vida social.

Estimado Rogelio:

¡Por fin te escribo! Hay algo que me carcome interiormente, y creo que tú eres una de las personas indicadas para darle cauce, puesto que, es un tema que frecuentemente, de una u otra manera, he visto en tus redes sociales y blog.

Vamos al grano. Ahora me encuentro en un proceso de crisis intelectual, debido a que los fundamentos institucionales y epistemológicos en los que asentaba mi comprensión de lo real han sido cuestionados con severidad por la misma realidad. Las crisis siempre son buenas y necesarias, pues son el paso preciso para el crecimiento humano, así que en medio de esta situación, estoy relativamente tranquilo (no he sabido de un caso de muerte por crisis intelectual, por lo que creo que sobreviviré). 

De entre la gama de cuestiones que se me están imponiendo, hay una que punza muy fuerte: esta estructura social es un fracaso, desde la experiencia mexicana, no hay igualdad, no hay justicia, no hay orden, no hay pensamiento (reflexión, crítica), no hay comunidad, y los que se supone velan porque sí haya tales cuestiones están enfermos de egoísmo sumo así que sólo velan por su bienestar a costa de lo que sea. Si bien, es cierto que la perfección aparece como utopía, la mejora de las condiciones actuales, por el contrario, se vislumbran plausibles: urge un cambio en la sociedad, pero, ¿es posible? Si lo es, ¿cómo sería esa forma distinta de convivir?

Personalmente, considero en extremo complicada (casi imposible) la evolución estructural de la sociedad, empero, la historia, esperanzadoramente, contradice mi pesimismo. Ya he oído alguna vez que el sistema actual está en crisis, pero no veo esa debilidad, al contrario, pareciera ser que está más fuerte que nunca ya que nos tiene bien agarrados de muchas maneras; la principal de éstas, la falta de conciencia (y, por ende, preocupación) sobre la situación en que derrochamos nuestra existencia. Nos están dando opio para enajenarnos y así distraernos, mientras los colonizadores saquean, se hartan de todo lo que encuentren en nuestros bolsillos, en nuestro ser… Sea o no que el sistema actual esté en problemas, ¿cómo lo debilitamos? ¿Cómo venceremos la apatía de nuestros conciudadanos para despertar su conciencia? ¿Cómo creamos un sistema alterno que nos permita repetir la hazaña bíblica de David contra Goliat? Sé que ya hay muchos pequeños grupos combatientes, lo que se les aplaude, pero ¿realmente están siendo efectivos? Es decir, ¿no está siendo un mero desgaste de energía y recursos que bien podría servirnos cuando tengamos la estrategia indicada?

Con estas preguntas comencemos el diálogo. La referente a la estructura adecuada, dejémosla para cuando sea su momento.

Saludos.

Una persona tiene muchas cosas qué contar

Una persona tiene muchas cosas qué contar a pesar de la brevedad de la vida. Siempre hay un mirar arriba y un mirar abajo. No siempre acertamos, pero tampoco el error es absoluto. Lo verdaderamente importante no es la perfección, sino dar siempre lo mejor de uno; si no se entiende esto, la amargura y frustración serán cotidianos en el desarrollo del propio existir. ¿Una vida así? Qué desperdicio.

¿Qué voy a hacer de mi vida? ¿En qué voy a gastar los fugaces instantes de mi existencia? ¿En dónde encuentro mi plenitud? Éstas son preguntas fundamentales a las que su evasión es una terrible catástrofe: si no se les responde personalmente alguien más lo hará por uno o simple y sencillamente no habrá un rumbo qué seguir. ¡Desgracia! Tan pocos instantes tiene el ser humano como para no aprovecharlos, como para desperdiciarlos en la nada, en el sinsentido.

Hablar de la vocación es algo muy necesario en este tiempo. Una época en que, con todas las deficiencias del tiempo y de ideologías, se ha ido quitando esas grandes lagañas sobre algunos temas, como el concerniente a ciertas “obligaciones” ontológicas de cada género sexual. Hoy, con todas las deficiencias, repito, el hombre y la mujer tienen oportunidad de buscar lo que les satisfaga, de encaminarse hacia su propia plenitud. Y, si es así, ¿por qué no hacerlo? ¿Por qué conformarse con lo común y corriente cuando a la mano uno tiene la oportunidad de lo extraordinario? ¿Qué te apasiona? ¿Qué es lo que te llama? ¿Qué es lo que hace feliz y quisieras hacerlo para toda la vida?

Ahora bien, hablemos en serio. Hay cosas que nos alegran el día y otras que hacen de tal una jornada magnífica. Si de verdad se quiere vivir en plenitud no podemos quedarnos con simples momentos de alegría, de placer, sino ir más arriba. Cierto, esto implica esfuerzo, pero vale la pena, y mucho. Una vida mediocre es tristísima, a pesar de la fenoménica sonrisa en el rostro, porque no se está alcanzando el máximo de plenitud del propio ser y el tiempo sigue corriendo sin dar lugar a las pausas o retrocesos.

Una persona tiene mucho qué contar, pero mucho más por hacer, por vivir, por ser feliz, para tener más cosas qué contar…

La idolatría del cristiano

​Quiero compartir la reflexión que ha surgido del encuentro eucarístico de este domingo, donde se ha proclamado una lectura del Génesis (32, 7-11. 13-14) y otra del evangelio de Lucas (15,1-32). Al final coloco los textos bíblicos.

¿Cuántas personas somos las que afirmamos con certeza algo sobre Dios? ¿Alguna vez, todos estos, nos hemos puesto a pensar que tal vez nos equivocamos en algo o todo lo que decimos afirmar sobre lo divino? ¿Cuál es el criterio preciso para poder ejecutar una afirmación absoluta como las referentes a la naturaleza divina?

En el relato citado del Génesis se nos narra el momento en que Moisés recibe de parte del mismísimo Dios la noticia de la idolatría del pueblo escogido, el cual se ha creado una imagen de oro a la que adoran y sitúan como “El Salvador”, “El Liberador”. Y la respuesta de Dios a este acontecimiento es dura: «Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo».

Pero no nos centremos en esta respuesta, sino en el motivo de la misma. ¿Cuántas veces, quienes decimos creer en Dios, hacemos una imagen de Él que no es más que una desfiguración humana (me atrevo a decir, una aberración divina)? Creo que es algo bastante común… La historia de la humanidad, en específico la referente a las religiones del mundo lo puede corroborar.

Se supone, al menos eso decimos los cristianos, que en Cristo se nos ha hecho patente el rostro de Dios, por lo que inaudito sería que nosotros siguiéramos buscando un ídolo, una imagen plástica, de lo divino. No obstante, una vez más, la historia da su testimonio. La idolatría sigue siendo una aberración presente en el pueblo escogido por Dios: ¿Cuántas veces, en vez de voltear la mirada a Cristo para iluminar nuestra realidad, nos quedamos en las propias y ajenas reflexiones de lo que es Dios y de lo que quiere de nosotros? ¿Cuántas veces, en vez de voltear a ver al mismísimo Hijo de Dios nos quedamos con lo que dicen los “hombres de Dios”?

Aquí es donde quiero brincar al texto evangélico del cual quiero señalar dos puntos. El texto de Lucas presenta a Jesús, el Maestro, en el centro de muchos, siendo criticado por sus compañías, a lo que Jesús responde con una enseñanza sobre la misericordia de Dios y la actitud propia del que tiene fe.

En las tres parábolas que Cristo narra se presentan imágenes que representan a la humanidad. Tanto la oveja, la moneda y el hijo perdidos hacen alusión a los hombres y mujeres que en un momento dado de su existencia se pierden. Antes de tocar el tema de la misericordia de Dios y la alegría de recobrar su creación extraviada, quiero que nos centremos en la imagen del hijo que se da cuenta de su error y da marcha atrás. La conversión no es cuestión de un solo momento, es una actitud de vida, porque la plenitud a la que estamos llamados se juega instante tras instante, en cada decisión, en cada elección.

Pero, especifiquemos aún más esta conversión. No deseo que nos quedemos en la que refiere a la propia moralidad, sino que vayamos todavía más adentro, vamos al fundamento de tal, es decir, a la noción que el ser humano tiene sobre Dios. Nos debe quedar claro que al hablar de lo divino siempre estaremos cortos de palabra, puesto que si Dios es Dios, el ser humano, sujeto finito y contingente, no puede terminar de comprender la realidad infinita que éste es. Ya bien lo expresaban los teólogos medievales Anselmo y Buenaventura, Dios es aquello mayor de lo cual nada puede pensarse, por lo que, al final todo lo que expresemos de este misterio no es más que balbuceos.

Si esto es así, ¿por qué encasillamos al Absoluto en una comprensión de él? Creer en Dios implica tener un concepto abierto de su realidad, de lo contrario caemos en el mismo error del pueblo hebreo: la idolatría; cuando encerramos a Dios en cierta noción estamos haciendo un becerro de oro, una imagen limitada y material de lo infinito, eterno, inmaterial. Aquí es donde retomamos el acto de la conversión, el cristiano siempre ha de estar replanteando lo que Dios es, nunca deberá hacer una imagen cuadrada, pequeña de su grandeza, aunque ésta esté muy adornada, elegante y luminosa, como el oro. Y el otro criterio fundamental, Cristo es el acceso a la naturaleza divina, por lo que no sólo hemos de tener mente abierta cuando abordamos lo divino, sino que requerimos revirar hacia la única fuente segura del rostro de Dios, y sólo así es que estaremos más cerca del Misterio. Entonces, cristiano cuadrado que encierra la noción de lo infinito y que no revira a Cristo, teórica y prácticamente, es un idolatra.

Dios siempre, sin cansancio, nos espera con los brazos abiertos y se alegra cuando volvemos a Él. Dios es misericordia, Dios es amor. Estos conceptos, aunque limitados en nuestra comprensión, son nociones siempre abiertas, palabras que implican la trascendencia de la propia realidad y que señalan, si son auténticas, infinitud. Ha sido algo en lo que Jesús ha invertido mucho tiempo, una y otra vez su predicación, su vivencia señalaban esta realidad. Creo que la gran obra de Jesús, su salvación, comienza en la transformación de la mentalidad humana, en la recomprensión del misterio divino. Las parábolas tanto de la oveja como la de la moneda perdidas son expresión de esto, culmen que se alcanza con la narración del Padre misericordioso. 

La idolatría es una aberración terrible que consiste en la desfiguración de lo divino, en el enclaustramiento de Dios en una noción que limita o deja fuera sus rasgos esenciales como son la misericordia y el amor. No seamos cristianos idolatras.

“El retorno del hijo pródigo” de Rembrandt (1662). Museo del Hermitage, San Petersburgo, Rusia.


Lectura del libro del Éxodo 32, 7-11. 13-14
En aquellos días, el Señor dijo a Moisés: «Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un becerro de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: “Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto”». Y el Señor añadió a Moisés: «Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo». Entonces Moisés suplicó al Señor, su Dios: «¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta? Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti mismo: “Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea por siempre”». Entonces se arrepintió el Señor de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas 15, 1-32
En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo esta parábola: «¿Quien de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas , no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: “¡Alegraos, conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”. Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. O ¿ qué mujer tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”. Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta». También les dijo: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.” El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrato con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. Se levanto y vino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.” Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida el mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebramos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”. Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Éste le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”. Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Entonces él respondió a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tu bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. El padre le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”».