La enajenación del tiempo inexistente

Llega un momento de la vida en que uno reflexiona sobre la finitud de la existencia. Si bien, con fe uno puede afirmar una especie de extensión de la misma, racionalmente, por el momento (el biocentrismo postulado por Lanza es un ejemplo del esfuerzo racional que desea señalar tal continuidad), no podemos hacerlo. La muerte es lo único seguro de nuestro futuro.

Comúnmente, un error que llegamos a cometer en la vida cotidiana es la evasión del presente debido a una enajenación o con el futuro o con el pasado, una terrible y atroz falta que pagamos con lo más preciado que tenemos: la existencia. ¿Cuántas veces pasamos pensando que en el mañana las cosas serán mejor, que nos espera algo grande, que tendremos lo que deseamos, pero sin cuidar el hoy? ¿Nos damos cuenta que al vivir así estamos dejando pasar la única oportunidad real que tenemos que es el presente? O bien, ¿de qué sirve pasar la vida pensando en el hubiera si éste es tan inexistente como el futuro? ¿Nos damos cuenta de la esclavitud frustrante que impide nuestra plenitud en el presente?

¡Estúpida e infernal es la existencia enajenada con el tiempo inexistente! El presente es lo único que merece con detalle nuestra dedicación si queremos afrontar con entereza el futuro donde la muerte con seguridad se hará presente, y mejorar el pasado, ese presente no explotado al máximo de su capacidad.

Viernes santo

Texto que publiqué originalmente el 26 de marzo de 2016 en el blog existencia y sentido que he descontinuado.

Quiero compartir la reflexión que nace de las vivencias de este día, viernes santo. Para los cristianos (católicos) debería tener una relevancia, ya que es el día que anualmente conmemoramos la muerte de Jesús, el Cristo. Pero vaya que se queda en el debería… Me duele -lo digo con el corazón en la mano- ver la esquizofrenia (¿hipocresía?) que manifestamos los que decimos seguir al Señor. Y es que es un hecho que los creyentes en la revelación de Dios, transmitida en la persona de Jesús, somos mera apariencia, pura lengua, ‘devociones’, y poco o nulo compromiso con Dios y con nuestro entorno.

Todo este pensar, aunque no es nuevo en mí, surge al reflexionar sobre José de Arimatea, aquél seguidor del Nazareno que siendo un judío de renombre, sin importarle lo que digan de él, es de los pocos (al menos según las narraciones evangélicas) que sigue completamente la travesía del Calvario hasta el último momento, e incluso, es el único que pide el cuerpo de Jesús para darle digna sepultura.

Ser auténtico discípulo de Cristo exige la capacidad de seguirlo hasta la cruz. Ante todo la cruz del Señor, pues ¿cómo alguien puede llamarse genuino seguidor si no es capaz de estar a los pies de su Señor en los momentos de sufrimiento? Pero, también la propia, ¿cómo alguien puede aprender a cargar la cruz lejos de ésta? ¿Cómo alguien puede llamarse cristiano si no es capaz de asumir el sufrimiento redentor de Cristo? Si algo nos enseña José de Arimatea es esa tenacidad para estar con Cristo hasta los últimos momentos. Cristiano es aquél que sigue a su Señor hasta la muerte.

Ser auténtico discípulo de Cristo exige valentía para ser fiel y coherente. Pienso que la mayor valentía que alguien puede mostrar es cuando es coherente con sus principios, ya que hablar (o escribir) es muy fácil, pero vivir lo que se piensa o se dice, no; y más cuando de por medio está nuestro renombre, pues a veces, ser fiel a nosotros mismos o a Dios, conlleva la burla del entorno en el que nos encontramos. José era no cualquier judío, sino un miembro del Sanedrín, que aunque al principio de su seguimiento lo hizo clandestinamente, en el momento decisivo se mostró fiel y coherente. Cristiano es aquél que es fiel y coherente con su Señor hasta la muerte.

Ser auténtico discípulo de Cristo exige no ser presuntuoso. ¿Cuántos no anduvieron presumiendo que andaban con Jesús, pero que a la hora de su sufrimiento y muerte no estuvieron con él? A José de Arimatea no lo vemos en los grandes momentos de la vida pública del Nazareno, pero a los pies de la cruz sí que está. ¿Dónde está Pedro, el que dijo que lo seguiría hasta el final? ¿Dónde están sus apóstoles? ¡Uno de ellos fue el traidor! José nos enseña que el seguimiento exige humildad, sencillez, modestia. Cristiano es aquél que no anda presumiendo de su fe porque prefiere vivirla.

Ser auténtico discípulo de Cristo exige generosidad comprometida. Cuando se habla de generosidad no sólo se hace referencia a lo económico, pues uno tiene otras cosas para donar, como tiempo, como talentos… como compromiso con el que sufre o agoniza. José fue con Pilato para pedir el cuerpo de Jesús; José compró una sábana para envolver el cadáver; José compró el sepulcro donde descansaría el Señor. Cristiano es aquél que generosamente se compromete generosamente hasta la muerte.

¿Qué sería de este mundo si los cristianos fuéramos auténticos? ¿Qué sería de este mundo si los cristianos siguiéramos a Jesús como José de Arimatea? ¿Qué sería de nuestra sociedad si las familias enseñaran estos valores con el propio testimonio y no con las palabras y devociones bonitas? ¿Qué sería de una Iglesia así? Definitivamente, la realidad sería distinta y la Iglesia daría más fruto de lo que ya da; pero mientras los cristianos no nos comprometamos tan siquiera a vivir los días santos (ni a nada), seguiremos esperando un mundo mejor…

‘El Descendimiento’ de Domingo Valdivieso y Henarejos, 1864.

Conciencia…

Texto publicado originalmente el 6 de mayo de 2016 en el blog existencia y sentido que he descontinuado.

Hace unos días escuché algo que me dejó reflexionando arduamente. Mientras un amigo y yo platicábamos sobre las acciones cometidas por un conocido en común, él me expresó que no había por qué alarmarse de lo que el otro hace, puesto que no existen acciones buenas ni malas, sino simple y sencillamente actos. Obviamente, para mí, un ser con la mala costumbre de analizar todo lo que escucha, esto fue un discurso que comenzó a resonar con fuerza en mi mente. La respuesta inmediata que yo di fue una pregunta: si no existen acciones buenas ni malas, entonces, ¿existe el bien y el mal? A lo que me expresó que sí, pero qué eso era otra cosa, que no tenía que ver con las actos que cometemos. Cambiamos de tema y seguimos con la plática, pero esas afirmaciones no desaparecieron de mi pensamiento desde ese momento.

¿Cómo es posible separar el bien y el mal del actuar? ¿Realmente puede ser eso? La postura ética formulada por Aristóteles y afianzada por Tomás de Aquino expresa que en el ser humano existen dos tipos de actos: los propios de la naturaleza y los humanos; los primeros son los que corresponden a las necesidades biológicas, como comer o ir al sanitario, en los cuales uno no elige, sino a los que atiende por necesidad; en los segundos, en cambio, media la libertad, uno sí tiene la capacidad de elegir, como escoger la comida o ir a bailar esta noche. Según esta perspectiva ética, estas últimas acciones son las que podemos juzgar como buenas o malas, y no las primeras, tomando como criterio el acercamiento o alejamiento de la plenitud que uno adquiere a través de la realización de dichos actos. En otras palabras, el bien y el mal dependen del hecho de que uno se acerque o no a su propia plenitud. ¿Cómo, entonces, puede considerarse bien y mal separados de nuestro actuar cotidiano? La única manera que se me ocurre es considerando al bien y al mal como dos entidades independientes, y al ser humano como un ser amoral y, por tanto, sin sentido alguno.

Es cuando viene a mi mente Nietzsche con su profesión de la muerte de Dios y la postulación del súper hombre. A grandes rasgos, lo que este personaje expresa es que el ser humano se ha deshecho del sentido presente en la vida, del horizonte presente en la existencia, por lo que la actitud ante tal hazaña será de dos maneras: o bien asumes el sinsentido existencial y soportas la vida que esto implica (súper hombre), o bien huyes de ello y te agarras de lo que sea cobardemente, aunque sepas que eso es absurdo y que te convierte en un esclavo. Según Nietzsche, el súper hombre estará más allá del bien y del mal, su vida será amoral… Pero, ¿realmente, podemos ser amorales?

La moral, en palabras simples, hemos de considerarla como la capacidad humana de orientar su vida conforme al bien y al mal. ¿Puede, cualquier decisión, ser tomada dejando de lado el bien el mal? ¿Cómo podremos elegir lo mejor sin considerar algo como bueno o malo? Si estamos más allá del bien y del mal da igual cualquier decisión, como dónde trabajar, no vacacionar este año, comer todos los días lo mismo, atropellar a alguien, robar, comprar en el tianguis la ropa, e incluso, como elegir ser un súper hombre o alguien del montón. Entonces, ¿el ser humano puede ser amoral? ¿Acaso no es algo propio de nuestro ser, y por ende, siempre presente en nuestra existencia? ¿Cuántas decisiones tomamos diariamente? ¿Cuántas de ellas no se rigen por la búsqueda del bien y el evitar el mal? ¿Qué sociedad depara a una generación que ha querido hacer a un lado las nociones del bien y del mal?

Formar la conciencia es una delicada tarea que se ha enfrentado a dos extremos, el de la manipulación, donde en nombre de la formación se elimina la capacidad crítica de la persona y se le obliga a hacer lo que uno quiere; y al de la aniquilación de lo moral, como ya se ha explicado más arriba. Ninguna de estas situaciones puede considerarse como una auténtica formación de la conciencia, sino como una deformación o mala educación de la misma, puesto que ambas posturas alejan al ser humano de una vida plena en libertad (verdadera), además de que socialmente traen consigo repercusiones terribles. ¿Cómo se aprenderá a convivir sanamente, a buscar el bien común, si no se tiene una conciencia bien educada? ¿En nombre de la “tolerancia” hemos de permitir cualquier cosa sin fijarse en las consecuencias de ello?

Ahora bien, formar la conciencia es una tarea que comienza en la familia, pero que en nuestro tiempo parece enfrentarse a una cierta crisis. Como docente logró percibir las problemáticas de esto. Por ejemplo, cierta ocasión, en clase de ética, abordábamos el tema de las prácticas delictivas, en las que el 100 % de la clase despreciaba la corrupción propia del ámbito político en nuestro país; días después, en la evaluación, algunos de estos chicos se acercaron a mí buscando modificara su calificación con un porcentaje más alto, a cambio de algunas cosas, como dinero o un celular… ¿Dónde estaba esa conciencia que denunciaba las prácticas políticas corruptas? ¿En verdad su conciencia estaba formada? O recuerdo aquél alumno que, también se me acercó, y directamente me expresó que su papá le había dicho que cuánto dinero quería yo para que lo pasara y evitar el examen extraordinario, porque “ellos estaban acostumbrados a arreglar siempre las cosas así”.

Urge la reflexión sobre la formación de la conciencia. Nuestro entorno se transformará en algo mejor cuando caminemos buscando el auténtico bien, tanto personal como social, lo que sólo podrá acontecer cuando la labor de educar la conciencia se haya hecho con eficacia. Y ésta, es una chamba que ante todo le toca a la familia, y si ésta no se hace responsable, no puede esperarse que el gobierno o cualquier otra institución lo hagan. ¿Qué hijos le estamos dejando al mundo del mañana? De éstos depende nuestro futuro.

La condición humana

Texto extraído del prólogo de “La condición humana”, escrito por Hanna Arendt.

 

En 1957 se lanzó al espacio un objeto fabricado por el hombre y durante varias semanas circundó la Tierra según ías mismas leyes de gravitación que hacen girar y mantienen en movimiento a los cuerpos celestes: Sol, Luna y estrellas. Claro está que el satélite construido por el hombre no era ninguna luna, estrella o cuerpo celeste que pudiera proseguir su camino orbital durante un período de tiempo que para nosotros, mortales sujetos al tiempo terreno, dura de eternidad a eternidad. Sin embargo, logró permanecer en los cielos; habitó y se movió en la proximidad de los cuerpos celestes como si, a modo de prueba, lo hubieran admitido en su sublime compañía.

Este acontecimiento, que no le va a la zaga a ningún otro, ni siquiera a la descomposición del átomo, se hubiera recibido con absoluto júbilo de no haber sido por las incómodas circunstancias políticas y militares que concurrían en él. No obstante, cosa bastante curiosa, dicho júbilo no era triunfal; no era orgullo o pavor ante el tremendo poder y dominio humano lo que abrigaba el corazón del hombre, que ahora, cuando levantaba la vista hacia el firmamento, contemplaba un objeto salido de sus manos. La inmediata reacción, expresada bajo el impulso del momento, era de alivio ante el primer «paso de la victoria  del hombre sobre la prisión terrena». Y esta extraña afirmación, lejos de ser un error de algún periodista norteamericano, inconscientemente era el eco de una extraordinaria frase que, hace más de veinte años, se esculpió en el obelisco fúnebre de uno de los grandes científicos rusos: «La humanidad no permanecerá atada para siempre a la Tierra».

Durante tiempo esta creencia ha sido lugar común. Nos muestra que, en todas partes, los hombres no han sido en modo alguno lentos en captar y ajustarse a los descubrimientos cíentíficos y al desarrollo técnico, sino que, por el contrario, los han sobrepasado en décadas. En éste, como en otros aspectos, la ciencia ha afirmado y hecho realidad lo que los hombres anticiparon en sueños que no eran descabellados ni vanos. La única novedad es que uno de los más respetables periódicos de este país publicó en primera página lo que hasta entonces había pertenecido a la escasamente respetada literatura de ciencia ficción (a la que, por desgracia, nadie ha prestado la atención que merece como vehículo de sentimientos y deseos de la masa). La trivialidad de la afirmación no debe hacernos pasar
por alto su carácter extraordinario; ya que, aunque los cristianos se han referido a la Tierra como un valle de lágrimas y los filósofos han considerado su propio cuerpo como una prisión de la mente o del alma, nadie en la historia de la humanidad ha concebido la Tierra como cárcel del cuerpo humano ni ha mostrado tal ansia para ir literalmente de aquí a la Luna. La emancipación y secularización de la Edad Moderna, que comenzó con un desvío, no necesariamente de Dios, sino de un dios que era el Padre de los hombres en el cielo, ¿ha de terminar con un repudio todavía más ominosa de una Tierra que fue la Madre de
todas las criaturas vivientes bajo el firmamento?

La Tierra es la misma quintaesencia de la condición humana, y la naturaleza terrena según lo que sabemos, quizá sea única en el universo con respecto a proporcionar a los seres humanos un habitat en el que moverse y respirar sin esfuerzo ni artificio. El artificio humano del mundo separa la existencia humana de toda circunstancia meramente animal, pero la propia vida queda al margen de este mundo artificial y, a través de ella, el hombre se emparenta con los restantes organismos vivos. Desde hace algún tiempo, los esfuerzos de numerosos científicos se están encaminando a producir vida también «artificial», a cortar el último lazo que sitúa al hombre entre los hijos de la naturaleza. El mismo deseo de escapar de la prisión de la Tierra se manifiesta en el intento de crear vida en el tubo de
ensayo, de mezclar «plasma de germen congelado perteneciente a personas de demostrada habilidad con el microscopio a fin de producir seres humanos superiores», y de «alterar [su] tamaño, aspecto y función»; y sospecho que dicho deseo de escapar de la condición humana subraya también la esperanza de prolongar la vida humana más allá del límite de los cien años.

Este hombre futuro -que los científicos fabricarán antes de un siglo, según afirman- parece estar poseído por una rebelión contra la existencia humana tal como se nos ha dado, gratuito don que no procede de ninguna parte (materialmente hablando), que desea cambiar, por decirlo asi, por algo hecho por él mismo. No hay razón para dudar de nuestra capacidad para lograr tal cambio, de la misma manera que tampoco existe para poner en duda nuestra actual capacidad de destruir toda la vida orgánica de la Tierra. La única cuestión que se plantea es si queremos o no emplear nuestros conocimientos científicos y técnicos en este sentido, y tal cuestión no puede decidirse por medios científicos se trata de un problema político de primer orden y, por lo tanto, no cabe dejarlo a la decisión de los científicos o políticos profesionales.

Mientras tales posibilidades quizá sean aún de un futuro lejano, los primeros efectos de los triunfos singulares de la ciencia se han dejado sentir en una crisis dentro de las propias ciencias naturales. La dificultad reside en el hecho de que las «verdades» del moderno mundo científico, si bien pueden demostrarse en fórmulas matemáticas y comprobarse tecnológicamente, ya no se prestan a la normal expresión del discurso y del pensamiento. En cuanto estas «verdades» se expresen conceptual y coherentemente, las exposiciones resultantes serán «quizá no tan sin sentido como “círculo triangular”, pero mucho más que un “león alado”» (Erwin Schrodinger). Todavía no sabemos si ésta es una situación final. Pero pudiera ser que nosotros, criaturas atadas a la Tierra que hemos comenzado a actuar como si fuéramos habitantes del universo, seamos incapaces de entender, esto es, de pensar y hablar sobre las cosas que, no obstante, podemos hacer. En este caso, sería como si nuestro cerebro, que constituye la condición física, material, de nuestros pensamientos, no pudiera seguir lo que realizamos, y en adelante necesitáramos máquinas artificiales para elaborar nuestro pensamiento y habla. Si sucediera que conocimiento (en el moderno sentido de know-how y pensamiento se separasen definitivamente, nos convertiríamos en impotentes esclavos no tanto de nuestras máquinas como de nuestros know-how,irreflexivas criaturas a merced de cualquier artefacto técnicamente posible, por muy mortífero que fuera.

Sin embargo, incluso dejando de lado,estas últimas y aún inciertas consecuencias, la situación creada por las ciencias es de gran significación política. Dondequiera que esté en peligro lo propio del discurso, la cuestión se politiza, ya que es precisamente el discurso lo que hace del hombre un ser único. Si siguiéramos el consejo, con el que nos apremian tan a menudo, de ajustar nuestras actitudes culturales al presente estado del desarrollo científico, adoptaríamos con toda seriedad una forma de vida en la que el discurso dejaría de tener significado, ya que las ciencias de hoy día han obligado a adoptar un «lenguaje» de símbolos matemáticos que, si bien en un principio eran sólo abreviaturas de las expresiones habladas, ahora contiene otras expresiones que resulta imposible traducir a discurso. La razón por la que puede ser prudente desconfiar del juicio político de los científicos qua científicos no es fundamentalmente su falta de «carácter» -que no se negaran a desarrollar armas atómicas- o su ingenuidad – que no entendieran que una vez desarrolladas dichas armas serían los últimos en ser consultados sobre su empleo—, sino concretamente el hecho de que se mueven en un mundo donde el discurso ha perdido su poder. Y cualquier cosa que el hombre haga, sepa o experimente sólo tiene sentido en el grado en que pueda expresarlo. Tal vez haya verdades más allá del discurso, y tal vez sean de gran importancia para el hombre en singular, es decir, para el hombre en cuanto no sea un ser político, pero los hombres en plural, o sea, los que viven, se mueven y actúan en este mundo, sólo experimentan el significado debido a que se hablan y se sienten unos a otros a sí mismos.

Más próximo y quizás igualmente decisivo es otro hecho no menos amenazador: el advenimiento de la automatización, que probablemente en pocas décadas vaciará las fábricas y liberará a la humanidad de su más antigua y natural carga, la del trabajo y la servidumbre a la necesidad. También aquí está en peligro un aspecto fundamental de la condición humana, pero la rebelión contra ella, el deseo de liberarse de la «fatiga y molestia», no es moderna sino antigua como la historia registrada. La liberación del trabajo en sí no es nueva; en otro tiempo se contó entre los privilegios más firmemente asentados de unos pocos. En este caso, parece como si el progreso científico y el desarrollo técnico sólo hubieran sacado partido para lograr algo que fue un sueño de otros tiempos, incapaces de hacerlo realidad.

Sin embargo, esto es únicamente en apariencia. La Edad Moderna trajo consigo la glorificación teórica del trabajo, cuya consecuencia ha sido la transformación de toda la sociedad en una sociedad de trabajo. Por lo tanto, la realización del deseo, al igual que sucede en los cuentos de hadas, llega en un momento en que sólo puede ser contraproducente. Puesto que se trata de una sociedad de trabajadores que está a punto de ser liberada de las trabas del trabajo, y dicha sociedad desconoce esas otras actividades más elevadas y significativas por cuyas causas merecería ganarse esa libertad. Dentro de esta sociedad, que es igualitaria porque ésa es la manera de hacer que los hombres vivan juntos, no quedan clases, ninguna aristocracia de naturaleza política o espiritual a partir de la que pudiera iniciarse de nuevo una restauración de las otras capacidades del hombre. Incluso los presidentes, reyes y primeros ministros consideran sus cargos como tarea necesaria para la vida de la sociedad y, entre los intelectuales, únicamente quedan individuos solitarios que mantienen que su actividad es trabajo y no un medio de ganarse la vida. Nos enfrentamos con la perspectiva de una sociedad de trabajadores sin trabajo, es decir, sin la única actividad que les queda. Está claro que nada podría ser peor.

Los sentados

Texto que publiqué originalmente el 16 de junio de 2016 en el blog existencia y sentido que ya he descontinuado.

La forma en que vivimos puede ser clasificada de muchas maneras: con sentido o sin sentido, buena o mala, activa o pasiva, triste o alegre… Pero quiero señalar otra forma de referirse a la actitud frente a la existencia, me refiero a estar de pie o estar sentado.

Si uno vive la vida sentado significa que está esperando que las cosas sucedan, que prefiere la comodidad de lo conocido a la búsqueda de lo desconocido, que no importa lo bueno o bonito que aparezca al frente sino el confort de lo que ya obtenido. En cambio, una vida de pie es aquélla donde uno se lanza a experimentar lo que siempre ha querido, teniendo en cuenta que la comodidad puede no aparecer, lo que implica que para el que está parado ante la vida tiene más valor la experiencia y el esfuerzo que la comodidad y la seguridad de una vida estrecha.

¡Basta de estar sentado! ¡Es tiempo de salir al mundo! ¡Es el momento de estar de pie!

Y, tú, ¿eres de los sentados?

Costrosos, negros, flacos, con los ojos cercados
de verde, dedos romos crispados sobre el fémur,
con la mollera llena de rencores difusos
como las floraciones leprosas de los muros;

han injertado gracias a un amor epiléptico
su osamenta esperpéntica al esqueleto negro
de sus sillas; ¡sus pies siguen entrelazados
mañana, tarde y noche, a las patas raquíticas!

Estos viejos perduran trenzados a sus sillas,
al sentir cómo el sol percaliza su piel
o al ver en la ventana cómo se aja la nieve,
temblando como tiemblan doloridos los sapos.

Los Asientos les brindan favores, pues, prensada,
la paja oscura cede a sus flacos riñones
y el alma de los soles pasados arde, presa
de las trenzas de espigas donde el grano cuajaba.

Los Sentados, cual músicos, con la boca en sus muslos,
golpean con sus dedos el asiento, rumores
de tambor, del que sacan barcarolas tan tristes
que sus cabezas rolan en vaivenes de amor.

––¡Ah, que no se levanten! Llegaría el naufragio…
Pero se alzan, gruñendo, como gatos heridos,
desplegando despacio, rabiosos, sus omóplatos:
y el pantalón se abomba, vacío, entorno al lomo.

Oyes cómo golpean con sus cabezas calvas
las paredes oscuras, al andar retorcidos,
¡y los botones son, en su traje, pupilas
de fuego que nos hieren, al fondo del pasillo!

Mas tienen una mano invisible que mata:
al volver, su mirada filtra el veneno negro
que llena el ojo agónico del perro apaleado,
y sudas, prisionero de un embudo feroz.

Se sientan, con los puños ahogados en la mugre
de sus mangas, y piensan en quien les hizo andar;
y del alba a la noche, sus amígdalas tiemblan
bajo el mentón, racimos a punto de estallar.

Y cuando el sueño austero abate sus viseras,
sueñan, sobre sus brazos, con sillas fecundadas:
auténticos amores, mínimos, como asientos
bordeando el orgullo de mesas de despacho.

Flores de tinta escupen pólenes como tildes,
acunándolos sobre cálices en cuclillas,
como a ras de unos gladios un vuelo de libélulas
––y su miembro se excita al rozar las espigas.

Arthur Rimbaud

“Los sentados” de Carla Fuentes

La sociedad del mañana: esperanza o frustración

El siguiente texto es la continuación de un diálogo que hace tiempo emprendimos Rogelio Rivera Melo (Heroísmo Agonizante) y yo a través de nuestros blogs. Vamos a retomarlo conversando sobre la vida social.

Estimado Rogelio:

¡Por fin te escribo! Hay algo que me carcome interiormente, y creo que tú eres una de las personas indicadas para darle cauce, puesto que, es un tema que frecuentemente, de una u otra manera, he visto en tus redes sociales y blog.

Vamos al grano. Ahora me encuentro en un proceso de crisis intelectual, debido a que los fundamentos institucionales y epistemológicos en los que asentaba mi comprensión de lo real han sido cuestionados con severidad por la misma realidad. Las crisis siempre son buenas y necesarias, pues son el paso preciso para el crecimiento humano, así que en medio de esta situación, estoy relativamente tranquilo (no he sabido de un caso de muerte por crisis intelectual, por lo que creo que sobreviviré). 

De entre la gama de cuestiones que se me están imponiendo, hay una que punza muy fuerte: esta estructura social es un fracaso, desde la experiencia mexicana, no hay igualdad, no hay justicia, no hay orden, no hay pensamiento (reflexión, crítica), no hay comunidad, y los que se supone velan porque sí haya tales cuestiones están enfermos de egoísmo sumo así que sólo velan por su bienestar a costa de lo que sea. Si bien, es cierto que la perfección aparece como utopía, la mejora de las condiciones actuales, por el contrario, se vislumbran plausibles: urge un cambio en la sociedad, pero, ¿es posible? Si lo es, ¿cómo sería esa forma distinta de convivir?

Personalmente, considero en extremo complicada (casi imposible) la evolución estructural de la sociedad, empero, la historia, esperanzadoramente, contradice mi pesimismo. Ya he oído alguna vez que el sistema actual está en crisis, pero no veo esa debilidad, al contrario, pareciera ser que está más fuerte que nunca ya que nos tiene bien agarrados de muchas maneras; la principal de éstas, la falta de conciencia (y, por ende, preocupación) sobre la situación en que derrochamos nuestra existencia. Nos están dando opio para enajenarnos y así distraernos, mientras los colonizadores saquean, se hartan de todo lo que encuentren en nuestros bolsillos, en nuestro ser… Sea o no que el sistema actual esté en problemas, ¿cómo lo debilitamos? ¿Cómo venceremos la apatía de nuestros conciudadanos para despertar su conciencia? ¿Cómo creamos un sistema alterno que nos permita repetir la hazaña bíblica de David contra Goliat? Sé que ya hay muchos pequeños grupos combatientes, lo que se les aplaude, pero ¿realmente están siendo efectivos? Es decir, ¿no está siendo un mero desgaste de energía y recursos que bien podría servirnos cuando tengamos la estrategia indicada?

Con estas preguntas comencemos el diálogo. La referente a la estructura adecuada, dejémosla para cuando sea su momento.

Saludos.