¡Viva Cristo Rey!

Hemos llegado al último domingo del tiempo ordinario. La Navidad, y su tiempo de preparación, están a la vuelta de la esquina. Hoy es el domingo en el que “heroica” y/o “patriotamente”, los cristianos católicos gritamos que Jesús es el Rey de reyes. Pero, ¿realmente tomamos conciencia de lo que esto implica? ¿Estamos entendiendo a qué Reino nos referimos cuando decimos que Jesús es el Rey?

A veces, los cristianos no entendemos muy bien esto del Reino de Dios. Lo imaginamos de maneras “muy extraordinarias” o “muy poco extraordinarias”. En unas pensamos literalmente a Jesús en el cielo, lleno de angelitos, dando órdenes para el funcionamiento correcto del mundo, haciendo milagros y determinando absolutamente todo, como un buen titiritero. En las otras imaginamos que este Reino tiene que ser conforme a nuestro estilo político (siempre tiránico), por lo que buscamos ordenar la sociedad mediante la imposición de leyes que contengan nuestros “valores cristianos”. Pero, ¿realmente este es el Reino del que Jesús habla en los evangelios? Basta con que nos fijemos en el texto que se propone para la celebración de hoy (Mt. 25, 31-46) para darnos cuenta que estas imágenes olvidan lo esencial.

Es necesario que al proclamar a Cristo como nuestro Rey entendamos primero de qué Reino estamos hablando. Aquí (Catecismo de la Iglesia Católica) y aquí (un cuadernillo bíblico) puedes encontrar información adicional sobre el tema. No obstante, sería importante que meditáramos el texto evangélico de esta liturgia dominical. El Reino que nos presenta Jesús es uno donde a Él nos lo encontramos en el más pequeño, en el abatido, en el marginado, en aquéllos donde según nuestra lógica Él no podría estar. Es un Reino en el que la vida cotidiana está marcada por su presencia, no de manera romántica, cursi, sino interpelante, exigente. Es un Reino donde la única Ley es el Amor, que se manifiesta siempre en la misericordia. Un Reino en el que sus ciudadanos están siempre en salida, en la calle, buscando un mundo más humano…

Proclamar a Jesús como Rey del universo debe hacernos tomar conciencia de nuestra participación en su Reino. También debe llevarnos a la acción, ahí donde está el sediento, el hambriento, el desnudo, el preso, el enfermo. De lo contrario, esa declaración no es más que la misma alabanza hipócrita que se le dio a Jesús el día de su entrada a Jerusalén, poco antes de que fuera enjuiciado, condenado y asesinado en la Cruz. Más que por nuestros labios, a Jesús se le reconoce como Rey de todo lo existente en nuestras acciones cotidianas, pequeñas o grandes, especialmente en aquéllas donde el insignificante, pobre, pequeño o marginado es significado, enriquecido, engrandencido y admitido. Que esta solemnidad no sea un alienante religioso más (de los que hay muchos y que Jesús mismo criticó) sino un momento de encuentro con el Señor que nos levante y nos haga andar a su encuentro en el hermano.

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