Ante la crisis eclesial

Reproduzco íntegramente el manifiesto “Ante la crisis eclesial” firmado por poco más de 300 teólogos y pensadores católicos el pasado año 2009, donde éstos se solidarizan con el entonces Papa Benedicto XVI ante la serie de complicaciones y problemáticas que salen a flote debido al nefasto manejo de la jerarquía católica. Ya han sido 8 años desde entonces, la Iglesia de América Latina sigue esperando suceda tal renovación…

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Somos conscientes de que este escrito es un procedimiento extraordinario, pero nos parece que también es extraordinaria la causa que lo motiva: la pérdida de credibilidad de la institución católica que, en buena parte, es justificada y que los medios de comunicación han convertido ya en oficial, está alcanzando cotas preocupantes. Este descrédito puede servir de excusa a muchos que no quieren creer, pero es también causa de dolor y desconcierto para muchos creyentes. A ellos nos dirigimos principalmente.

1- La Iglesia fue definida desde antiguo como santa y pecadora, “casta prostituta”. Crisis graves no han faltado nunca en su historia, y la actual puede dolernos pero no sorprendernos. Toda crisis es siempre una oportunidad de crecimiento, si sabemos en estos momentos “no avergonzarnos del Evangelio” y amar a nuestra madre. Sabiendo que el amor a una madre enferma no consiste en negar o disimular su enfermedad sino en sufrir con ella y por ella. Si deseamos una Iglesia mejor no es para militar en el club de los mejores, sino porque el evangelio de Dios en Jesucristo se la merece.

2 No hay aquí espacio para largos análisis, pero parece claro que la causa principal de la crisis es la infidelidad al Vaticano II y el miedo ante las reformas que exigía a la Iglesia. Ya durante el Concilio se hicieron durísimas críticas a la curia romana. Más tarde Pablo VI intentó poner en marcha una reforma de esa curia, que ésta misma bloqueó. Es muy fácil después convertir a un papa concreto en cabeza de turco de los fallos de la Curia.
Por eso preferimos expresar desde aquí nuestra solidaridad con Benedicto XVI, a nivel personal y a pesar de las diferencias que puedan existir a niveles ideológicos: porque sabemos que los papas no son más que pobres hombres como todos nosotros, que no deben ser divinizados. Y que si algún error grave se cometió en todos los pontificados anteriores fue precisamente el dejar bloqueada esa urgente reforma del entorno papal.

3 Una de las consecuencias de ese bloqueo es el injusto poder de la curia romana sobre el colegio episcopal, que deriva en una serie de nombramientos de obispos al margen de las iglesias locales, y que busca no los pastores que cada iglesia necesita, sino peones fieles que defiendan los intereses del poder central y no los del pueblo de Dios.
Ello tiene dos consecuencias cada vez más perceptibles: una es la doble actitud de mano tendida hacia posturas lindantes con la extrema derecha autoritaria (aunque sean infieles al evangelio e incluso ateas), y de golpes inmisericordes contra todas las posturas afines a la libertad evangélica, a la fraternidad cristiana y a la igualdad entre todos los hijos e hijas de Dios, tan clamorosamente negada hoy.
Otra consecuencia es la incapacidad para escuchar, que hace que la institución esté cometiendo ridículos mayores que los del caso Galileo (pues éste, aunque tenía razón en su intuición sobre el movimiento de los astros, no la tenía en sus argumentos; mientras que hoy la ciencia parece suministrar datos que la Curia prefiere desconocer: por ejemplo en problemas referentes al inicio y al fin de la vida). La proclamada síntesis entre fe y razón se ve así puesta en entredicho.

4 Pero más allá de los diagnósticos, quisiéramos ayudar a actitudes de fe animosa y paciente para estas horas negras del catolicismo romano. Dios es más grande que la institución eclesial, y la alegría que brota del Evangelio capacita hasta para cargar con esos pesos muertos. No vamos a romper con la Iglesia, ni aunque hayamos de soportar las iras de parte de su jerarquía. Pero tememos la lección que nos dejó la historia: las dos veces en que el clamor por una reforma de la Iglesia fue universal y desoído por Roma, están relacionadas con las dos grandes rupturas del cristianismo: la de Focio y la de Lutero.
Ello no significa que la ruptura fuese legítima: sólo queremos decir que no pueden tensarse las cuerdas demasiado. Tampoco vamos a romper, porque la Iglesia a la que amamos es mucho más que la curia romana: sabemos bien que apenas hay infiernos en esta tierra donde no destaque la presencia callada de misioneros, o de cristianos que dan al mundo el verdadero rostro de la Iglesia.

5 Durante gran parte de su historia, la Iglesia fue una plataforma de palabra libre. Hoy nadie creerá que un santo tan amable como Antonio de Padua pudiera predicar públicamente que mientras Cristo había dicho “apacienta mis ovejas”, los obispos de su época se dedicaban a ordeñarlas o trasquilarlas. Ni que el místico san Bernardo escribiera al papa que no parecía sucesor de Pedro sino de Constantino, para seguir peguntando: “¿hacían eso san Pedro o San Pablo? Pero ya ves cómo se pone a hervir el celo de los eclesiásticos para defender su dignidad”.

Y terminar diciendo: “se indignan contra mí y me mandan cerrar la boca diciendo que un monje no tiene por qué juzgar a los obispos. Más preferiría cerrar los ojos para no ver lo que veo”… Precisamente comentando este tipo de palabras, escribía en 1962 el papa actual (en un artículo titulado “libertad de espíritu y obediencia”): “¿es señal de que han mejorado los tiempos si los teólogos de hoy no se atreven a hablar de esa forma? ¿O es una señal de que ha disminuido el amor, que se ha vuelto apático y ya no se atreve a correr el riesgo del dolor por la amada y para ella?”.
Así quisiéramos hablar: no nos sentimos superiores, pues conocemos bien, en nosotros mismos, cuál es la hondura del pecado humano.
La Escritura, hablando de los grandes profetas, enseña que su destino no es el protagonismo sino la incomprensión; y ante eso nos obligan las palabras del apóstol Pablo: “si nos ultrajan bendeciremos, si nos persiguen aguantaremos, si nos difaman rogaremos”. Pero nos sentimos llamados a gritar porque también hay allí una imprecación impresionante que tememos tenga aplicación a nuestro momento actual: “¡por vuestra causa es blasfemado el nombre de Dios entre las gentes!”.
“Fijos los ojos en Jesús, autor y consumador de la fe” sabemos que podemos superar estos momentos duros sin perder la paciencia ni el buen humor ni el amor hacia todos, incluidos aquellos cuyo gobierno pastoral nos sentimos obligados a criticar. Este es el testimonio que quisiéramos dar con estas líneas.

Firma: Juan Antonio Estrada, Imanol Zubero, Juan José Tamayo, Evaristo Villar, Benjamín Forcano, Matilde García-Aguiló, José Ignacio González Faus, Juan Masiá,  Hilari Raquer, Antonio Duato, et al.

El infierno está lleno de buenas intenciones

Hablemos del infierno. Esta palabra está cargada de múltiples significaciones, principalmente referentes al ámbito religioso. Tal vez, con el título de esta entrada se piense que estas líneas serán de corte moral-religioso, donde se expondrá el asunto de vivir “santamente” para evitar la condenación eterna. Pero no es así. Sugiero que hablemos del infierno de la manera más próxima posible a nosotros, es decir, no como un espacio de una dimensión que no conocemos (ni nos consta) que nos aguarda si en esta vida “terrenal” no nos comportamos conforme a los mandamientos de Dios, imagen que está ya muy choteada. Mejor hablemos de tal desde la experiencia, desde la certeza, desde la vivencia diaria. Así, propongo que definamos al infierno como aquel estado de quemante frustración que resulta del desarrollo de una existencia nada plenificante. La vida cotidiana es infernal en tanto que nuestra forma de ejercerla no nos satisface, no nos llena.

Ahora bien, ¿cómo es que una persona llega al infierno? ¿Cuál es la vía para terminar en una situación tan desagradable? La respuesta inmediata que me atrevo a expresar es que la responsabilidad recae en la propia persona y sus decisiones cotidianas. Antes de continuar, creo que debo hacer una aclaración: es cierto que muchas personas se encuentran en una situación frustrante debido a elementos externos, pensemos, por ejemplo, en los niños sirios que padecen a causa de la inmunda guerra del entorno, estos casos no los consideraré como la norma, sino como la excepción, y en otro momento los reflexionaré; por lo mientras quedémonos con la idea de que comúnmente las personas tienen en su haber el poder extraordinario de llevar las riendas de su existencia, por lo que una vida frustrada, en gran medida, sino es que totalmente (salvo los casos de excepción) es culpa del sujeto que vive esa vida.

Una persona se frustra ante la impotencia de no obtener lo que desea, algo que vemos desde los primeros pasos de la vida puesto que cuando el bebé no tiene su leche llora. Pero la cuestión fundamental no está en señalar la no obtención de lo buscado, sino en concentrarnos en aquéllo que se ha hecho por alcanzarlo. Puedo afirmar con respaldo experiencial, que la frustración no surge de nuestra no obtención de lo deseado, sino de nuestra mediocridad en el ejercicio por conseguirlo. La consecuencia más letal de la mediocridad es la vida infernal, el sufrimiento que surge de quedarse pasmado sin hacer algo, sin intentar, sin esforzarse, por cambiar el entorno con el fin de lograr las pequeñas y grandes aspiraciones.

Hablemos claro, la palabra mediocridad es algo que no nos gusta escuchar, mucho menos cuando nos adjetiva a nosotros, a tal grado que alguno que otro llegamos a indignarnos. Pero, pensemos bien las cosas, analicemos los hechos, profundicemos en nuestra experiencia cotidiana: ¿cuántas cosas que me hubiera o quisiera cambiar siguen igual simple y sencillamente porque me he conformado con lo que ya tengo o porque cobardemente me rehúso a correr riesgos? Si en nuestras manos está cambiar -sí, con mucho esfuerzo- lo que me frustra de mi entorno, ¿por qué quedarse con esa acidez existencial? Sólo hay una respuesta: ¡por mediocre! Y, estoy seguro que todavía habrá alguno que otro que intentará justificar tal situación, “es que así soy feliz”, “a mí me gustar estar así”, etc., claro que habrá momentos de felicidad, pero ¿es inteligente preferir estos instantes fugaces de felicidad por una vida plena? Si la vida es tan corta que “en un suspiro se va”, ¿por qué fregados no esforzarnos por aprovechar al máximo sus momentos?

El infierno está lleno de buenas intenciones -decía mi querido san Juan XXIII- porque las buenas intenciones no cambian la realidad, el cielo se construye, se alcanza, solamente con buenas acciones, con decisiones que nos llevan al movimiento, a la transformación de nuestro entorno cotidiano. La vida es tan corta como para la mediocridad y la cobardía, tan corta como para derrocharla en el infierno. Te invito a que te detengas un momento de ese vaivén cotidiano y te preguntes ¿dónde estás? ¿Qué cosas te gustaría cambiar? ¿Qué vas a hacer para lograrlo? Porque, de verdad, el infierno está lleno de buenas intenciones…

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Sandro Boticelli. “Infierno, canto XVIII”. 1480-1490

Ideas del Papa Francisco en el cierre del año de la misericordia

El texto es prácticamente toda la homilía del Papa en la misa de clausura de este año de la misericordia (20 de noviembre de 2016), pero acomodada en puntos para una mejor atención. Espero sea de utilidad para quien los lea, tanto como han sido para mí.

1. Verdaderamente el reino de Jesús no es de este mundo (cf. Jn 18,36); pero justamente es aquí —nos dice el Apóstol Pablo en la segunda lectura—, donde encontramos la redención y el perdón (cf. Col 1,13-14). Porque la grandeza de su reino no es el poder según el mundo, sino el amor de Dios, un amor capaz de alcanzar y restaurar todas las cosas.

2. Por este amor, Cristo se abajó hasta nosotros, vivió nuestra miseria humana, probó nuestra condición más ínfima: la injusticia, la traición, el abandono; experimentó la muerte, el sepulcro, los infiernos. De esta forma nuestro Rey fue incluso hasta los confines del Universo para abrazar y salvar a todo viviente.

3. No nos ha condenado, ni siquiera conquistado, nunca ha violado nuestra libertad, sino que se ha abierto paso por medio del amor humilde que todo excusa, todo espera, todo soporta (cf. 1 Co 13,7). Sólo este amor ha vencido y sigue venciendo a nuestros grandes adversarios: el pecado, la muerte y el miedo.

4. Compartimos con alegría la belleza de tener a Jesús como nuestro rey; su señorío de amor transforma el pecado en gracia, la muerte en resurrección, el miedo en confianza.

5. […] sería poco creer que Jesús es Rey del universo y centro de la historia, sin que se convierta en el Señor de nuestra vida: todo es vano si no lo acogemos personalmente y si no lo acogemos incluso en su modo de reinar.

6. Frente a las circunstancias de la vida o ante nuestras expectativas no cumplidas, también podemos tener la tentación de tomar distancia de la realeza de Jesús, de no aceptar totalmente el escándalo de su amor humilde, que inquieta nuestro «yo», que incomoda. Se prefiere permanecer en la ventana, estar a distancia, más bien que acercarse y hacerse próximo. Pero el pueblo santo, que tiene a Jesús como Rey, está llamado a seguir su camino de amor concreto; a preguntarse cada uno todos los días: «¿Qué me pide el amor? ¿A dónde me conduce? ¿Qué respuesta doy a Jesús con mi vida?».

7. Para acoger la realeza de Jesús, estamos llamados a luchar contra esta tentación [poder y éxito], a fijar la mirada en el Crucificado, para ser cada vez más fieles. Cuántas veces en cambio, incluso entre nosotros, se buscan las seguridades gratificantes que ofrece el mundo. Cuántas veces hemos sido tentados a bajar de la cruz. La fuerza de atracción del poder y del éxito se presenta como un camino fácil y rápido para difundir el Evangelio, olvidando rápidamente el reino de Dios como obra.

8. Este Año de la misericordia nos ha invitado a redescubrir el centro, a volver a lo esencial.

9. Este tiempo de misericordia nos llama a mirar al verdadero rostro de nuestro Rey, el que resplandece en la Pascua, y a redescubrir el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es acogedora, libre, fiel, pobre en los medios y rica en el amor, misionera.

10. La misericordia, al llevarnos al corazón del Evangelio, nos exhorta también a que renunciemos a los hábitos y costumbres que pueden obstaculizar el servicio al reino de Dios; a que nos dirijamos sólo a la perenne y humilde realeza de Jesús, no adecuándonos a las realezas precarias y poderes cambiantes de cada época.

11. Dios, a penas le damos la oportunidad, se acuerda de nosotros. Él está dispuesto a borrar por completo y para siempre el pecado, porque su memoria, no como la nuestra, olvida el mal realizado y no lleva cuenta de las ofensas sufridas. Dios no tiene memoria del pecado, sino de nosotros, de cada uno de nosotros, sus hijos amados. Y cree que es siempre posible volver a comenzar, levantarse de nuevo.

12. Pidamos también nosotros el don de esta memoria abierta y viva. Pidamos la gracia de no cerrar nunca la puerta de la reconciliación y del perdón, sino de saber ir más allá del mal y de las divergencias, abriendo cualquier posible vía de esperanza.

13. Como Dios cree en nosotros, infinitamente más allá de nuestros méritos, también nosotros estamos llamados a infundir esperanza y a dar oportunidad a los demás.

 

Conciencia…

Texto publicado originalmente el 6 de mayo de 2016 en el blog existencia y sentido que he descontinuado.

Hace unos días escuché algo que me dejó reflexionando arduamente. Mientras un amigo y yo platicábamos sobre las acciones cometidas por un conocido en común, él me expresó que no había por qué alarmarse de lo que el otro hace, puesto que no existen acciones buenas ni malas, sino simple y sencillamente actos. Obviamente, para mí, un ser con la mala costumbre de analizar todo lo que escucha, esto fue un discurso que comenzó a resonar con fuerza en mi mente. La respuesta inmediata que yo di fue una pregunta: si no existen acciones buenas ni malas, entonces, ¿existe el bien y el mal? A lo que me expresó que sí, pero qué eso era otra cosa, que no tenía que ver con las actos que cometemos. Cambiamos de tema y seguimos con la plática, pero esas afirmaciones no desaparecieron de mi pensamiento desde ese momento.

¿Cómo es posible separar el bien y el mal del actuar? ¿Realmente puede ser eso? La postura ética formulada por Aristóteles y afianzada por Tomás de Aquino expresa que en el ser humano existen dos tipos de actos: los propios de la naturaleza y los humanos; los primeros son los que corresponden a las necesidades biológicas, como comer o ir al sanitario, en los cuales uno no elige, sino a los que atiende por necesidad; en los segundos, en cambio, media la libertad, uno sí tiene la capacidad de elegir, como escoger la comida o ir a bailar esta noche. Según esta perspectiva ética, estas últimas acciones son las que podemos juzgar como buenas o malas, y no las primeras, tomando como criterio el acercamiento o alejamiento de la plenitud que uno adquiere a través de la realización de dichos actos. En otras palabras, el bien y el mal dependen del hecho de que uno se acerque o no a su propia plenitud. ¿Cómo, entonces, puede considerarse bien y mal separados de nuestro actuar cotidiano? La única manera que se me ocurre es considerando al bien y al mal como dos entidades independientes, y al ser humano como un ser amoral y, por tanto, sin sentido alguno.

Es cuando viene a mi mente Nietzsche con su profesión de la muerte de Dios y la postulación del súper hombre. A grandes rasgos, lo que este personaje expresa es que el ser humano se ha deshecho del sentido presente en la vida, del horizonte presente en la existencia, por lo que la actitud ante tal hazaña será de dos maneras: o bien asumes el sinsentido existencial y soportas la vida que esto implica (súper hombre), o bien huyes de ello y te agarras de lo que sea cobardemente, aunque sepas que eso es absurdo y que te convierte en un esclavo. Según Nietzsche, el súper hombre estará más allá del bien y del mal, su vida será amoral… Pero, ¿realmente, podemos ser amorales?

La moral, en palabras simples, hemos de considerarla como la capacidad humana de orientar su vida conforme al bien y al mal. ¿Puede, cualquier decisión, ser tomada dejando de lado el bien el mal? ¿Cómo podremos elegir lo mejor sin considerar algo como bueno o malo? Si estamos más allá del bien y del mal da igual cualquier decisión, como dónde trabajar, no vacacionar este año, comer todos los días lo mismo, atropellar a alguien, robar, comprar en el tianguis la ropa, e incluso, como elegir ser un súper hombre o alguien del montón. Entonces, ¿el ser humano puede ser amoral? ¿Acaso no es algo propio de nuestro ser, y por ende, siempre presente en nuestra existencia? ¿Cuántas decisiones tomamos diariamente? ¿Cuántas de ellas no se rigen por la búsqueda del bien y el evitar el mal? ¿Qué sociedad depara a una generación que ha querido hacer a un lado las nociones del bien y del mal?

Formar la conciencia es una delicada tarea que se ha enfrentado a dos extremos, el de la manipulación, donde en nombre de la formación se elimina la capacidad crítica de la persona y se le obliga a hacer lo que uno quiere; y al de la aniquilación de lo moral, como ya se ha explicado más arriba. Ninguna de estas situaciones puede considerarse como una auténtica formación de la conciencia, sino como una deformación o mala educación de la misma, puesto que ambas posturas alejan al ser humano de una vida plena en libertad (verdadera), además de que socialmente traen consigo repercusiones terribles. ¿Cómo se aprenderá a convivir sanamente, a buscar el bien común, si no se tiene una conciencia bien educada? ¿En nombre de la “tolerancia” hemos de permitir cualquier cosa sin fijarse en las consecuencias de ello?

Ahora bien, formar la conciencia es una tarea que comienza en la familia, pero que en nuestro tiempo parece enfrentarse a una cierta crisis. Como docente logró percibir las problemáticas de esto. Por ejemplo, cierta ocasión, en clase de ética, abordábamos el tema de las prácticas delictivas, en las que el 100 % de la clase despreciaba la corrupción propia del ámbito político en nuestro país; días después, en la evaluación, algunos de estos chicos se acercaron a mí buscando modificara su calificación con un porcentaje más alto, a cambio de algunas cosas, como dinero o un celular… ¿Dónde estaba esa conciencia que denunciaba las prácticas políticas corruptas? ¿En verdad su conciencia estaba formada? O recuerdo aquél alumno que, también se me acercó, y directamente me expresó que su papá le había dicho que cuánto dinero quería yo para que lo pasara y evitar el examen extraordinario, porque “ellos estaban acostumbrados a arreglar siempre las cosas así”.

Urge la reflexión sobre la formación de la conciencia. Nuestro entorno se transformará en algo mejor cuando caminemos buscando el auténtico bien, tanto personal como social, lo que sólo podrá acontecer cuando la labor de educar la conciencia se haya hecho con eficacia. Y ésta, es una chamba que ante todo le toca a la familia, y si ésta no se hace responsable, no puede esperarse que el gobierno o cualquier otra institución lo hagan. ¿Qué hijos le estamos dejando al mundo del mañana? De éstos depende nuestro futuro.