Conciencia…

Texto publicado originalmente el 6 de mayo de 2016 en el blog existencia y sentido que he descontinuado.

Hace unos días escuché algo que me dejó reflexionando arduamente. Mientras un amigo y yo platicábamos sobre las acciones cometidas por un conocido en común, él me expresó que no había por qué alarmarse de lo que el otro hace, puesto que no existen acciones buenas ni malas, sino simple y sencillamente actos. Obviamente, para mí, un ser con la mala costumbre de analizar todo lo que escucha, esto fue un discurso que comenzó a resonar con fuerza en mi mente. La respuesta inmediata que yo di fue una pregunta: si no existen acciones buenas ni malas, entonces, ¿existe el bien y el mal? A lo que me expresó que sí, pero qué eso era otra cosa, que no tenía que ver con las actos que cometemos. Cambiamos de tema y seguimos con la plática, pero esas afirmaciones no desaparecieron de mi pensamiento desde ese momento.

¿Cómo es posible separar el bien y el mal del actuar? ¿Realmente puede ser eso? La postura ética formulada por Aristóteles y afianzada por Tomás de Aquino expresa que en el ser humano existen dos tipos de actos: los propios de la naturaleza y los humanos; los primeros son los que corresponden a las necesidades biológicas, como comer o ir al sanitario, en los cuales uno no elige, sino a los que atiende por necesidad; en los segundos, en cambio, media la libertad, uno sí tiene la capacidad de elegir, como escoger la comida o ir a bailar esta noche. Según esta perspectiva ética, estas últimas acciones son las que podemos juzgar como buenas o malas, y no las primeras, tomando como criterio el acercamiento o alejamiento de la plenitud que uno adquiere a través de la realización de dichos actos. En otras palabras, el bien y el mal dependen del hecho de que uno se acerque o no a su propia plenitud. ¿Cómo, entonces, puede considerarse bien y mal separados de nuestro actuar cotidiano? La única manera que se me ocurre es considerando al bien y al mal como dos entidades independientes, y al ser humano como un ser amoral y, por tanto, sin sentido alguno.

Es cuando viene a mi mente Nietzsche con su profesión de la muerte de Dios y la postulación del súper hombre. A grandes rasgos, lo que este personaje expresa es que el ser humano se ha deshecho del sentido presente en la vida, del horizonte presente en la existencia, por lo que la actitud ante tal hazaña será de dos maneras: o bien asumes el sinsentido existencial y soportas la vida que esto implica (súper hombre), o bien huyes de ello y te agarras de lo que sea cobardemente, aunque sepas que eso es absurdo y que te convierte en un esclavo. Según Nietzsche, el súper hombre estará más allá del bien y del mal, su vida será amoral… Pero, ¿realmente, podemos ser amorales?

La moral, en palabras simples, hemos de considerarla como la capacidad humana de orientar su vida conforme al bien y al mal. ¿Puede, cualquier decisión, ser tomada dejando de lado el bien el mal? ¿Cómo podremos elegir lo mejor sin considerar algo como bueno o malo? Si estamos más allá del bien y del mal da igual cualquier decisión, como dónde trabajar, no vacacionar este año, comer todos los días lo mismo, atropellar a alguien, robar, comprar en el tianguis la ropa, e incluso, como elegir ser un súper hombre o alguien del montón. Entonces, ¿el ser humano puede ser amoral? ¿Acaso no es algo propio de nuestro ser, y por ende, siempre presente en nuestra existencia? ¿Cuántas decisiones tomamos diariamente? ¿Cuántas de ellas no se rigen por la búsqueda del bien y el evitar el mal? ¿Qué sociedad depara a una generación que ha querido hacer a un lado las nociones del bien y del mal?

Formar la conciencia es una delicada tarea que se ha enfrentado a dos extremos, el de la manipulación, donde en nombre de la formación se elimina la capacidad crítica de la persona y se le obliga a hacer lo que uno quiere; y al de la aniquilación de lo moral, como ya se ha explicado más arriba. Ninguna de estas situaciones puede considerarse como una auténtica formación de la conciencia, sino como una deformación o mala educación de la misma, puesto que ambas posturas alejan al ser humano de una vida plena en libertad (verdadera), además de que socialmente traen consigo repercusiones terribles. ¿Cómo se aprenderá a convivir sanamente, a buscar el bien común, si no se tiene una conciencia bien educada? ¿En nombre de la “tolerancia” hemos de permitir cualquier cosa sin fijarse en las consecuencias de ello?

Ahora bien, formar la conciencia es una tarea que comienza en la familia, pero que en nuestro tiempo parece enfrentarse a una cierta crisis. Como docente logró percibir las problemáticas de esto. Por ejemplo, cierta ocasión, en clase de ética, abordábamos el tema de las prácticas delictivas, en las que el 100 % de la clase despreciaba la corrupción propia del ámbito político en nuestro país; días después, en la evaluación, algunos de estos chicos se acercaron a mí buscando modificara su calificación con un porcentaje más alto, a cambio de algunas cosas, como dinero o un celular… ¿Dónde estaba esa conciencia que denunciaba las prácticas políticas corruptas? ¿En verdad su conciencia estaba formada? O recuerdo aquél alumno que, también se me acercó, y directamente me expresó que su papá le había dicho que cuánto dinero quería yo para que lo pasara y evitar el examen extraordinario, porque “ellos estaban acostumbrados a arreglar siempre las cosas así”.

Urge la reflexión sobre la formación de la conciencia. Nuestro entorno se transformará en algo mejor cuando caminemos buscando el auténtico bien, tanto personal como social, lo que sólo podrá acontecer cuando la labor de educar la conciencia se haya hecho con eficacia. Y ésta, es una chamba que ante todo le toca a la familia, y si ésta no se hace responsable, no puede esperarse que el gobierno o cualquier otra institución lo hagan. ¿Qué hijos le estamos dejando al mundo del mañana? De éstos depende nuestro futuro.

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