La idolatría del cristiano

​Quiero compartir la reflexión que ha surgido del encuentro eucarístico de este domingo, donde se ha proclamado una lectura del Génesis (32, 7-11. 13-14) y otra del evangelio de Lucas (15,1-32). Al final coloco los textos bíblicos.

¿Cuántas personas somos las que afirmamos con certeza algo sobre Dios? ¿Alguna vez, todos estos, nos hemos puesto a pensar que tal vez nos equivocamos en algo o todo lo que decimos afirmar sobre lo divino? ¿Cuál es el criterio preciso para poder ejecutar una afirmación absoluta como las referentes a la naturaleza divina?

En el relato citado del Génesis se nos narra el momento en que Moisés recibe de parte del mismísimo Dios la noticia de la idolatría del pueblo escogido, el cual se ha creado una imagen de oro a la que adoran y sitúan como “El Salvador”, “El Liberador”. Y la respuesta de Dios a este acontecimiento es dura: «Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo».

Pero no nos centremos en esta respuesta, sino en el motivo de la misma. ¿Cuántas veces, quienes decimos creer en Dios, hacemos una imagen de Él que no es más que una desfiguración humana (me atrevo a decir, una aberración divina)? Creo que es algo bastante común… La historia de la humanidad, en específico la referente a las religiones del mundo lo puede corroborar.

Se supone, al menos eso decimos los cristianos, que en Cristo se nos ha hecho patente el rostro de Dios, por lo que inaudito sería que nosotros siguiéramos buscando un ídolo, una imagen plástica, de lo divino. No obstante, una vez más, la historia da su testimonio. La idolatría sigue siendo una aberración presente en el pueblo escogido por Dios: ¿Cuántas veces, en vez de voltear la mirada a Cristo para iluminar nuestra realidad, nos quedamos en las propias y ajenas reflexiones de lo que es Dios y de lo que quiere de nosotros? ¿Cuántas veces, en vez de voltear a ver al mismísimo Hijo de Dios nos quedamos con lo que dicen los “hombres de Dios”?

Aquí es donde quiero brincar al texto evangélico del cual quiero señalar dos puntos. El texto de Lucas presenta a Jesús, el Maestro, en el centro de muchos, siendo criticado por sus compañías, a lo que Jesús responde con una enseñanza sobre la misericordia de Dios y la actitud propia del que tiene fe.

En las tres parábolas que Cristo narra se presentan imágenes que representan a la humanidad. Tanto la oveja, la moneda y el hijo perdidos hacen alusión a los hombres y mujeres que en un momento dado de su existencia se pierden. Antes de tocar el tema de la misericordia de Dios y la alegría de recobrar su creación extraviada, quiero que nos centremos en la imagen del hijo que se da cuenta de su error y da marcha atrás. La conversión no es cuestión de un solo momento, es una actitud de vida, porque la plenitud a la que estamos llamados se juega instante tras instante, en cada decisión, en cada elección.

Pero, especifiquemos aún más esta conversión. No deseo que nos quedemos en la que refiere a la propia moralidad, sino que vayamos todavía más adentro, vamos al fundamento de tal, es decir, a la noción que el ser humano tiene sobre Dios. Nos debe quedar claro que al hablar de lo divino siempre estaremos cortos de palabra, puesto que si Dios es Dios, el ser humano, sujeto finito y contingente, no puede terminar de comprender la realidad infinita que éste es. Ya bien lo expresaban los teólogos medievales Anselmo y Buenaventura, Dios es aquello mayor de lo cual nada puede pensarse, por lo que, al final todo lo que expresemos de este misterio no es más que balbuceos.

Si esto es así, ¿por qué encasillamos al Absoluto en una comprensión de él? Creer en Dios implica tener un concepto abierto de su realidad, de lo contrario caemos en el mismo error del pueblo hebreo: la idolatría; cuando encerramos a Dios en cierta noción estamos haciendo un becerro de oro, una imagen limitada y material de lo infinito, eterno, inmaterial. Aquí es donde retomamos el acto de la conversión, el cristiano siempre ha de estar replanteando lo que Dios es, nunca deberá hacer una imagen cuadrada, pequeña de su grandeza, aunque ésta esté muy adornada, elegante y luminosa, como el oro. Y el otro criterio fundamental, Cristo es el acceso a la naturaleza divina, por lo que no sólo hemos de tener mente abierta cuando abordamos lo divino, sino que requerimos revirar hacia la única fuente segura del rostro de Dios, y sólo así es que estaremos más cerca del Misterio. Entonces, cristiano cuadrado que encierra la noción de lo infinito y que no revira a Cristo, teórica y prácticamente, es un idolatra.

Dios siempre, sin cansancio, nos espera con los brazos abiertos y se alegra cuando volvemos a Él. Dios es misericordia, Dios es amor. Estos conceptos, aunque limitados en nuestra comprensión, son nociones siempre abiertas, palabras que implican la trascendencia de la propia realidad y que señalan, si son auténticas, infinitud. Ha sido algo en lo que Jesús ha invertido mucho tiempo, una y otra vez su predicación, su vivencia señalaban esta realidad. Creo que la gran obra de Jesús, su salvación, comienza en la transformación de la mentalidad humana, en la recomprensión del misterio divino. Las parábolas tanto de la oveja como la de la moneda perdidas son expresión de esto, culmen que se alcanza con la narración del Padre misericordioso. 

La idolatría es una aberración terrible que consiste en la desfiguración de lo divino, en el enclaustramiento de Dios en una noción que limita o deja fuera sus rasgos esenciales como son la misericordia y el amor. No seamos cristianos idolatras.

“El retorno del hijo pródigo” de Rembrandt (1662). Museo del Hermitage, San Petersburgo, Rusia.


Lectura del libro del Éxodo 32, 7-11. 13-14
En aquellos días, el Señor dijo a Moisés: «Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un becerro de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: “Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto”». Y el Señor añadió a Moisés: «Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo». Entonces Moisés suplicó al Señor, su Dios: «¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta? Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti mismo: “Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea por siempre”». Entonces se arrepintió el Señor de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas 15, 1-32
En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo esta parábola: «¿Quien de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas , no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: “¡Alegraos, conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”. Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. O ¿ qué mujer tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”. Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta». También les dijo: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.” El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrato con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. Se levanto y vino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.” Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida el mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebramos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”. Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Éste le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”. Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Entonces él respondió a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tu bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. El padre le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”».

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s